Por una Europa alemana

La canciller alemana, Angela Merkel y el ministro de Sanidad, Jens Spahn, el pasado 11 de marzo, en Berlín.La canciller alemana, Angela Merkel y el ministro de Sanidad, Jens Spahn, el pasado 11 de marzo, en Berlín.Hermann Bredehorst / Hermann Bredehorst (Europa Press)

La insolidaria Europa alemana del austeritarismo ligaba “la concesión de crédito a la disciplina presupuestaria y a reformas neoliberales”, denunció el llorado profesor de Múnich Ulrick Beck (Una Europa alemana, Paidós, 2012). Los ordoliberales alemanes parten del horror al gorrón, al aprovechado, al polizón. A quienes practican el riesgo moral: individuos o países que toman decisiones asumiendo muchos riesgos, sabiendo que si estos se materializan, su perjuicio lo acarreará un tercero: se entiende, Alemania.

La base del síndrome es el concepto moralista de culpa exportado a la economía. La deuda entraña siempre culpa. Ambas equivalen, en alemán: schuld, schulden. Quien se endeuda es peligroso para quien no necesita hacerlo y, pues, debe purgar su pecado antes de ser tratado como los demás. Este prejuicio se aplicó como receta a los sospechosos del Sur desde los virtuosos del Norte. Y aún torturan con él los siniestros halcones del Bundesbank. Pero esto empieza a cambiar. Abrió fuego la canciller Angela Merkel al afirmar que no nos vamos a “preguntar continuamente el efecto de una medida sobre el déficit” en esta “situación extrema, y haremos todo lo que sea necesario” (11-3-2020).

El gigantesco programa de autorrescate de los ministros Olaf Scholz y Peter Altmaier esculpió la idea sobre el papel (protective shield for employees and companies, MBWi, 13-3-2020). Así: “Muchas empresas están ahora sufriendo reducciones de sus resultados de las que no son culpables”, escriben; en alemán, unverschuldeten, inocentes, libres de deudas. Por eso el volumen de ayudas de liquidez arbitrado es “ilimitado”.

Se ha roto un tabú. Por ese resquicio se ha colado el apoyo en avales a las empresas alemanas, el plan modelo para los otros países: 460.000 millones de euros a los que añadieron otros 93.000. Un total de vértigo, 553.000. El plan español sigue su pauta. Equivale, a tamaño, al alemán: supone más/menos un tercio del mismo, porque la economía española es un tercio de aquella. O sea, que es tan ambicioso como el más ambicioso de todos los planes nacionales europeos. Y, de momento, suficiente: como totaliza un 20% del PIB español, eso significa que este país sobreviviría dos meses y medio con la economía paralizada al 100%.

Lo fantástico de la ruptura del tabú es que no deja obstáculo lógico a aplicarla también en la política económica de la Unión Europea. En el límite, creando eurobonos, porque ya no hay culpa, ni riesgo moral, y los gorrones son excepción irrelevante. O diseñando un presupuesto todo lo contundente “que sea necesario”, como ahora también dice defender Merkel. Y en el BCE, eliminando los límites a la compra de bonos del BEI y de los bancos públicos de inversión tipo ICO. O al menos rebajando sus topes sobre el total de lo emitido que el banco central puede adquirir. Porque no son culpables, aunque les pese a los halcones, refugiados tras las alas de dubitativo búho de Christine Lagarde. Así que esta vez sí: ¡por una Europa que se autoaplique las recetas de esta Alemania!

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