He visto cosas que no creeríais

El Hospital Universitario Virgen del Rocío de Sevilla ilumina su cúpula de verde como símbolo de resiliencia para los profesionales y ciudadanos que colaboran durante el estado de alarma por el nuevo coronavirus.El Hospital Universitario Virgen del Rocío de Sevilla ilumina su cúpula de verde como símbolo de resiliencia para los profesionales y ciudadanos que colaboran durante el estado de alarma por el nuevo coronavirus.María José López / Europa Press (Europa Press)

La incertidumbre es la bomba de relojería que guardan en su vientre todas las grandes crisis. Y la incertidumbre no se acaba hasta que los bancos centrales y los Gobiernos asumen los riesgos que el sector privado no quiere ver ni en pintura en medio del huracán: solo así la economía puede empezar a sacudirse la catástrofe.

El BCE cruzó en 2013 el Rubicón con el programa de compra de activos, el quantitative easing, una política que en condiciones normales los banqueros centrales solo usarían después de haber gastado hasta el fregadero de la cocina y que se basa en imprimir dinero como si no hubiera un mañana. Ese QE era aún algo timorato y llegó tarde, pero llegó. La jefa del BCE, Christine Lagarde, metió la pata hasta el garrón la semana pasada, pero el Eurobanco se hizo mayor este jueves: con una semana de retraso —algo hemos aprendido: hace una década, Europa arrastraba los pies durante meses—, aprobó una nueva tanda de QE que le da más potencia de fuego que nunca, con más flexibilidad, sin apenas condiciones. Eso, con Alemania a bordo, equivale a atacar naves en llamas más allá de Orión: el BCE por fin tiene un bazuca para contrarrestar la presión de los mercados sobre varios países.

Y ojo porque el país más señalado es Italia y quizá haya que poner las barbas a remojar. Roma advirtió la noche del miércoles al BCE que o sacaba el bazuca o se levantaba de la mesa. Lagarde lo entendió. Y no solo Lagarde: los grandes bancos centrales del mundo han comprendido los enormes riesgos que acarrea esta crisis. La Fed de EE UU está comprando a mansalva. El Banco de Inglaterra ha anunciado que va a comprar todo lo que sea necesario. Y el BCE, con la anestesia que supuso equivocarse la semana pasada y recibir la zurra de los mercados, acierta de lleno esta vez.

Queda por ver si los Gobiernos entienden la gravedad del agujero en el que nos estamos metiendo, con un desplome de la economía y rápidos aumentos del paro. Una de las mejores frases de la última crisis es obra del inefable George W. Bush: “Si no se afloja la pasta, todo podría irse al infierno”. Vamos a ver cosas que no creeríamos, y es hora de que los Gobiernos europeos aflojen la pasta: los primeros paquetes de estímulo nacionales van bien dirigidos, pero es muy posible que no baste con eso y con las medidas del BCE. Viene una recesión europea, que requiere soluciones europeas: además de flexibilidad, va a hacer falta dinero de la UE en buenas dosis.

La economía es espejo y, al mismo tiempo, expresión de su época. Esta es una época en la que cuando la economía se estanca la democracia parece quebrarse. En la que el miedo engendra miedo. Y en la que no dejan de suceder cosas sin precedentes: los virus siempre han estado ahí, pero ahora son capaces de cerrar fronteras, de tumbar economías, de convertir el horizonte en un interrogante. Para hacer frente al trimestre del diablo que se avecina, los Gobiernos tienen que estar a la altura del BCE: es la hora de Berlín, de París, de Bruselas; esperemos que Madrid empuje en la dirección correcta. Más nos vale: vienen curvas.

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