La auténticamala suerte

Hay que tener muy, muy pero que muy mala suerte para que te toque jugar un partido de Champions en Milán, en la zona cero del coronavirus en Italia, y a la UEFA, a ese conglomerado de ejecutivos que primero miran por los ingresos económicos y después por el dinero, no se le ocurra aplazarlo. Y que luego tengas que viajar a Vitoria, donde se había detectado otro foco de la epidemia que estaba fuera de control, lo que obligó a las primeras medidas restrictivas que sin embargo tampoco llegaron al fútbol. Hay que ser desgraciado para que el partido de vuelta de esa Champions maldita se te imponga jugarlo a puerta cerrada porque, ahora sí, los gerifaltes ya se habían dado cuenta de la gravedad del asunto. Y que eso suceda apenas dos días antes de que otros partidos se suspendan para que finalmente todas las competiciones, en cascada, se vayan aplazando, sin fecha de reanudación. Con el Valencia parece como si esta año alguien hubiera hecho un conjuro o le hubiera lanzado una maldición. Una conjunción de desgracias se ciernen sobre una entidad que venía de celebrar por todo lo alto el centenario del club con la consecución de un título de Copa del Rey, once años después del último. Pero en realidad todo eso decae y pierde su importancia, si es que la podía haber tenido, ante la gravedad de una tragedia que masacra no sólo a Valencia ni a España sino a muchos países del mundo, una pandemia que pone al límite la sanidad, se ceba con los mayores, nos amenaza a todos y nos obliga a recluirnos en casa, con las previsibles consecuencias que un parón de estas características va a tener en la economía y en la vida de las personas. Así que cuando pienso en que mi equipo es ‘el pupas’ y que por derecho propio se ha ganada arrebatarle el nombramiento al Atleti me acuerdo de los que lo están pasando mal, los hospitalizados, los ancianos en las residencias, los que se tienen que quedar en casa sin saber si han enfermado o no, los sanitarios que se están entregando por los demás y tantos otros que no puedo mencionar sin que eso suponga dejar de reconocer su esfuerzo y concluyo que aunque el fútbol es importante en nuestras vidas, aunque nos acompaña desde siempre, aunque nos hace disfrutar (las más de las veces sufrir), no lo es tanto, que hay otras cosas, empezando por la salud, que están mucho antes y que no merece la pena perder tiempo cavilando lo desgraciados que hemos sido este año y la mala suerte que hemos tenido, no al menos mientras dure esta situación excepcional, no mientras siga muriendo gente, no mientras todos estemos con la angustia de desconocer cuándo y cómo podremos recuperar nuestra bendita rutina.

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