«El concepto de belleza cambia, es como la moda»

El director de escena español más internacional se define como un ser melancólico por un origen gallego que le viene de padre. Muchos lo consideran un provocador pero confiesa que uno de sus autores teatrales favoritos es Calderón de la Barca y que la Semana Santa de Sevilla es para él un espectáculo barroco inigualable. Trabajador infatigable, viaja continuamente, sobre todo por Europa, de Escandinavia a Reino Unido; y de Basilea, donde reside, a Italia o Bilbao, donde dirige el Teatro Arriaga, sin olvidar su actividad en teatros de Estados Unidos y otras ciudades con relevancia artística en todo el mundo. Sentado en su austero despacho, desde cuyo ventanal se contempla la ría de Bilbao, asegura en una entrevista realizada antes del confinamiento decretado por el coronavirus que «el talento hay que entrenarlo». E insiste, para contextualizar sus opiniones sobre el momento de la cultura española:«No me considero la persona adecuada para dar lecciones a nadie». Pero pocas habrá tan informadas e influyentes cuando se habla de los escenarios.

– Nacido en Miranda de Ebro, hijo de gallego y andaluza, formado en Barcelona, residente en Basilea… ¿Los artistas son los verdaderos representantes de un mundo globalizado?

– No solo los artistas. Coincido en los viajes con muchos ejecutivos que viven en Berlín y trabajan en París, o con profesores de Londres que dan clase en Heidelberg. Yo me fui a Barcelona con 15 años, luego estuve en la Academia de Teatro de París y empecé a hacer espectáculos y a viajar muy joven.

– Se ha definido más de una vez como europeísta.

– Soy un convencido del proyecto europeo, aunque ahora no esté de moda decirlo. Lo soy conociendo muy bien Europa y el Reino Unido. Y vivo en Basilea, que debe de ser la ciudad donde hay más museos en relación a su población.

– Con ese conocimiento de tantos centros relevantes en lo artístico, ¿cómo ve el estado de la cultura española?

– La veo con una enorme cantidad de talento individual. Pero al no existir un modelo teatral y musical muy definido, como sí lo hay en otros países, se hace difícil crear una base sólida para desarrollar ese talento. Si a eso se unen los continuos cambios en los planes de estudio y que vivimos un momento con muchas incertidumbres sobre a dónde vamos, se entienden las dificultades para conseguir que ese talento aflore.

– Alguna vez ha comentado que en España no se valora el riesgo en materia artística, y quizá en la escena aún menos. ¿Eso tiene que ver con la gran dependencia de la cultura respecto de las subvenciones?

– La incertidumbre sobre hacia dónde vamos es general, pero en otros lugares hay un modelo cultural muy sólido. Eso hace posible, por ejemplo, algo que acabo de ver ahora en Hamburgo: un teatro lleno de niños en los ensayos.

– ¿Por qué aquí no sucede nada de eso?

– El Romanticismo, que fue un paso hacia la modernidad, aquí duró muy poco. La falta de riesgo es algo que viene de siempre. Hace un siglo no había tampoco una apuesta pública por las artes. Con frecuencia, estas se mantenían gracias a iniciativas individuales. Ahora sucede algo parecido. Nos falta dar un salto hacia un modelo claro, como el de Reino Unido potenciando los musicales, o en Centroeuropa, con el teatro y la ópera públicos.

Amenazas a la vanguardia

– La crisis redujo las subvenciones y además ahora se exige a los gestores que llenen los auditorios. ¿Eso termina por arrinconar la vanguardia?

– No conozco con profundidad lo que sucede aquí porque vivo en Basilea desde hace más de una década. Pero Europa ha cambiado muy poco en eso con la crisis. Es cierto que todo el mundo quiere llenar los teatros y que se ha extendido un temor que quizá antes no había, pero se siguen haciendo cosas. Como antes. Recuerdo que cuando hice ‘La vida es sueño’ en Edimburgo, hace veinte años, me preguntaron qué podía aportar una obra tan oscura en un mundo en el que se sabe todo. Ya ve el resultado: el exceso de información oscurece.

– ¿Por qué el arte ha dejado de buscar la belleza?

– El concepto de belleza cambia, es como la moda. La belleza te pone en otro sitio; te eleva, como la poesía. Además, a veces la belleza se ha llenado de clichés.

– ¿Es conservador pensar que debería buscarla?

– No, para nada. Yo adoro la pintura clásica y me baso más en ella que en la contemporánea. Mis espectáculos están inspirados por la cultura centroeuropea, pero también por Buñuel, Velázquez, Goya, Zurbarán… Lo que no es positivo es ir a una exposición de arte contemporáneo con la actitud previa de que no te va a gustar.

– Puede que a muchos les sorprendan esas influencias de las que habla.

– El arte es interpretación, nadie viene de la nada. Hace unas semanas, al recibir un premio en Barcelona, di las gracias a las ciudades en las que he estado y a todas las influencias que he recibido.

– Quizá el problema sea que el arte de vanguardia requiere una preparación mayor y hoy es posible llegar a la Universidad sin saber quiénes eran Ibsen y Brahms, y no digamos Pina Bausch o Georgio Strehler.

– Es un problema, claro. Me gustaría que hubiera un nuevo humanismo. No se pueden quitar asignaturas como Filosofía o Arte, porque enseñan cosas muy importantes. No solo hay que saber cómo funcionan las máquinas, sino también qué sistema hay detrás. Así evitaremos ser esclavos de ellas. Para mí, conocer a Adan Kowacsis o tomar clases con Bergman fue vital. Y hay que ver cómo se incorpora todo eso a nuestra cultura cotidiana.

– No parece que esté entre las urgencias de ningún partido con responsabilidad o posibilidad de estar en el Gobierno.

– Es un drama que no se explique en la escuela quién es Ibsen. O Montaigne. Ellos nos explican a nosotros mismos. O que los jóvenes no conozcan el placer de escuchar a Schumann. Y le aseguro que no estoy obsesionado con el público joven. Lo estoy con todos los públicos.

– No es solo una cuestión de los gobiernos. En una familia media no se quejarán si deben pagar 800 euros para comprar un ordenador. Pero lo harán si se plantea a los alumnos ir al teatro o la ópera y pagar 30 o 70 euros.

– Hay que asumirlo: la cultura es cara. Pero también aquí deberían intervenir los poderes públicos para que los jóvenes tuvieran precios mucho más rebajados. De todas formas, el fútbol es mucho más caro y la gente se queja menos.

– ¿Y los artistas? Se les critica mucho por pedir subvenciones.

– Otro tema muy relacionado con la mentalidad de una sociedad. En Berlín o París nadie dirá que los trabajadores de la cultura son unos vagos que solo buscan subvenciones.

– Un reciente estudio asegura que solo ocho de cada cien actores pueden vivir de su trabajo en España.

– Es muy grave que un porcentaje tan elevado de actores, cantantes, músicos… malvivan. No es solo una cuestión de supervivencia económica, sino que eso afecta a la calidad de su trabajo. El talento hay que entrenarlo, y no es igual hacer cuatro o seis obras al año, que solo una.

– No es su caso. Este año hará la ‘Tetralogía’ wagneriana, entre otras cosas.

– En La Bastilla. Ya hemos empezado y terminaremos en diciembre. También haré ‘Lohengrin’ en la Staatsoper de Berlín, un ‘Tristán’ en la Staatsoper de Viena ya en 2022. La vida me ha dado mucho, pero he arriesgado también en lo personal. Resido en Basilea hace muchos años, así que, aunque voluntario, soy un expatriado.

Muchos ‘Bieitos’

– Alguna vez ha dicho que hay muchos ‘Bieitos’. ¿Hay diferencia entre el que trabaja en España y el que lo hace fuera, en razón de un público diferente?

– No, no hago diferencias según el público o el país. Si lo haces, te vuelves loco. Puedo hacer mucha cosas, pero no especular. Perdería mucha energía y no es algo que vaya con mi carácter, más bien melancólico.

– Puede llamar la atención esa definición de ‘melancólico’ por parte de alguien a quien tantas veces se ha acusado de provocador.

– Pero es cierto. Viene de mi origen gallego. He hecho muchas cosas muy espirituales, todos tenemos la necesidad de creer en algo. Y para mí la música es fundamental. Por ejemplo, decido las óperas que hago por la música.

– Algunos libretos son literariamente infumables.

– Sí. Hay de todo, pero muchos lo son.

– ¿Y hay diferencias también entre el Bieito director, creador, y el Bieito gestor?

– Hay cierta diferencia, sí. Estoy en el Arriaga porque no hay una compañía fija ni una orquesta, y cuento con un gran equipo. Hago las programaciones y me guío no solo por lo que me gusta a mí. De todas formas, como público soy bueno. Hay producciones convencionales que me encantan. Soy gestor y dramaturgo, y no olvido como gestor que un teatro público tiene que ayudar a difundir la cultura en la ciudad, y también promocionar a actores y cantantes.

– Ha dicho que se guía no solo por lo que le gusta. ¿Con qué criterio programa?

– Me tomo la programación como si fuera una ópera wagneriana, con momentos cómicos, otros dramáticos, algunos experimentales…

– Usted conoce muchos países. ¿Cuál tiene el mejor público, el más abierto a dejarse llevar por sensaciones nuevas, a experimentar?

– Generalizando, con lo que ello supone, creo que el público mejor está en Basilea y Amberes. La zona flamenca de Bélgica es de un altísimo nivel en cuanto a la creación. El público danés del teatro, no tanto de la ópera, también es excelente. Y algo parecido sucede con el noruego, muy bueno en el teatro también. Y debo añadir algunas ciudades de Alemania en las que hay varios teatros y óperas que cuentan con un público muy abierto.

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