Con lo bien que vivíamos

Parece que fue hace no se cuánto tiempo, pero ocurrió a principios del mes pasado. China construía nuevos hospitales a marchas forzadas. En diez días, listos. Y los demás hacíamos comentarios exagerados, hasta irónicos, que no debíamos. Pero nos pillaba tan lejos, y era tan extraño, tan sorprendente, ver a ejércitos de excavadoras allanar contra reloj enormes solares, y al día siguiente ya estaban las grúas levantando estructuras, y en pocas jornadas todo listo. En diez días. Ya será algo más, comentábamos. O serán hospitales de juguete. Y hacíamos comparaciones facilonas con esos artículos superbaratos de plástico que a veces compramos en algún bazar y duran poco, se rompe el plástico, porque era demasiado barato aquello, de usar y tirar y ya está. Aunque llevara impresa esa inscripción CE con tipografía característica que nos indica que el cachivache de plástico barato está homologado. Homologado para que nos sirva por lo poco que hemos pagado, si no es que a lo peor nos hemos dejado engañar.

Hoy asumimos de sobra que China sabía muy bien lo que hacía para frenar la epidemia del coronavirus, y vemos aquí al lado cómo se allanan solares a marchas forzadas para construir hospitales de urgencia, y en Madrid se transforma en pocos días una feria de muestras para albergar miles de camas, cientos de UCIs; porque todo está desbordado, la ola que vino de Asia nos ha cogido de lleno y nos ha dejado boquiabiertos, nadando contra corriente y purgando deprisa pecados de soberbia y arrogancia.

Con lo bien que vivíamos. ¿Qué ha pasado? ¿Cómo es posible a estas alturas? ¿Por qué no ponen rápidamente remedio? No hay remedio directo. Tenemos curvas y partes de guerra diarios; cifras que nos apabullan y un miedo nuevo, sobrevenido, que ha irrumpido en medio de la aparente opulencia. Estábamos de fiesta continuada, como quien dice, y esto nos impone correcciones inmediatas que van a durar. Teníamos de todo y nos reíamos de los peces de colores, pero ahora no tenemos ni humildes mascarillas. Las vendían por paquetes y cada una no valdría ni diez céntimos, pero hoy se rifan en todo el mundo, se esperan envíos aéreos de China y se investiga quién tiene alguna caja para confiscarla. Nosotros, la tropa de a pie, aún tenemos cierta disculpa; seguíamos pautas confiadas. A lo que digan; o como ahora, a lo que manden. Pero uno también confía en que los que están por arriba sabrán más, estarán bien informados, que para eso están; conocerán de verdad lo que ocurre por ahí fuera, tomarán ejemplo de China y Corea; harán caso a la OMS, y habrán comprado a tiempo mascarillas y lo que haga falta. Pues tampoco.

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