Renacer

La atroz peste del año veinte dejará historias como la de don Giuseppe Berardelli, un párroco italiano que falleció a los 72 años porque renunció a su respirador artificial para salvar a un joven. Dejará imágenes como la gente citándose a la ocho de la tarde en las ventanas y balcones para dar ánimos, para darse ánimo. Dejará la sensación de que ya nada podrá ser igual, porque el virus hizo añicos lo que hasta ahora habían sido nuestros supuestos principios, nuestras necesidades, nuestra vida teñida de irrealidad. La peste del veinte nos cambiará a todos. A los jóvenes, que perplejos les ha sobrevenido y les ha supuesto un frío baño de realidad. Y a los grandes, a los que nos ha despojado de esos ropajes zurcidos de egoísmo y de superficialidad para ponernos cara a cara ante el espejo y obligarnos a reaccionar, a comprometerse, a responder ante un zarpazo inesperado. A unos y a otros, nos habrá dejado patente lo que realmente es importante: tu gente, tu casa, tu cama, tu compañero leal, la palabra, la verdad. Esas pequeñas cosas que estaban pero no veíamos.

Cuando todo pase, pasearemos las calles de forma distinta; compraremos sin impulsos, con sensación de haber recuperado la libertad; acudiremos a los bares a gozar de una buena cerveza y de las tertulias de las buenas mesas. Cuando todo esto pase, valoraremos estar en un banco al sol, la brisa del mar, el aroma de la montaña al despertar. Una tarde de cine, con o sin palomitas: el cuchicheo inicial, el aplauso final, el comentario «pues no está mal». O una hora perdida entre las estanterías de una librería, husmeando novelas que leerías; robando versos que escribirías. Uno de Gelman: «En realidad, lo que me duele es la derrota».

Cuando todo pase, ya no verás igual a quien limpia y limpió tus calles mientras te encerraste; a quien dio la vida llevando a enfermos en mitad del caos de los hospitales sin mascarillas; a quien te atendió en un supermercado temiendo que el virus le podría atacar por cualquier sitio, en cualquier momento. Cuando pase tendremos que agradecer de verdad el trabajo del farmacéutico, del profesor en la distancia, del policía que intentó controlar que el mal se expandiera, de quien limpió cada mañana la mesa de la oficina tragando lejía.

Cuando la curva asfixie al virus y emprendamos la dura tarea del renacer, tendremos que abrir los ojos ante una nueva humanidad y sacar las fuerzas suficientes para volver a alzar el vuelo. Renacer con más solidaridad y menos egos, con menos fronteras y más manos tendidas. Renacer para volver a correr, a acariciar, a silbar por las mañanas, a abrazar a la gente amada y a dar los besos truncados.

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