Decálogo para un confinamiento

A lo largo de la historia de la humanidad el hombre ha tenido que enfrentarse periódicamente a devastadoras epidemias que han dilapidado la esperanza consagrada en sus anhelos. Tiempos nebulosos que han puesto a prueba la capacidad del ser humano en su dimensión, psicológica, científica, profesional o económica. Sin embargo, resulta fascinante el talento que demostramos en nuestro trayecto vital para superar las adversidades. A pesar de la estremecedora cifra de pérdidas humanas, la pericia científica y el humanitarismo inherente a la profesión médica conseguirá contener, mitigar y finalmente doblegar la enfermedad contribuyendo al progreso de la ciencia. Muchas de las epidemias acaecidas desde la antigüedad hasta nuestros días son provocadas por virus. La palabra virus procede del latín y significa veneno o líquido venenoso y su desarrollo como especialidad médica, conocida como virología, es realmente reciente dado que se instaura a finales del siglo XIX y principios del XX. La pandemia por coronavirus que padecemos en la actualidad, lejos de encontrar respuestas en teorías conspiratorias, responde a la vasta complejidad de la microbiología, a los terrenos todavía inexplorados del comportamiento de un virus mutado dentro de nuestras células o la capacidad de nuestro sistema inmunológico. Es un desafío para la ciencia que concebirá una vacuna y un tratamiento que inhibirá la patología como otrora sucedió con otros virus que causaron grandes problemas de salud pública. Mientras esto sucede, la mayoría de la población tenemos una incumbencia esencial. Permanecer en nuestros hogares para no ser vectores de propagación del virus y de esta manera no menoscabar el sistema sanitario. El confinamiento nos obliga a parar. El ritmo trepidante de las grandes urbes de nuestro tiempo fomenta personalidades anómicas, es decir, decrepitadas insolentemente en valores sociales, morales o espirituales que crea monstruos egocéntricos, egoístas, hiperconsumistas, hedonistas y ultracompetitivos que rinden culto a la nueva deidad que es el dinero. El confinamiento recuerda nuestra vulnerabilidad, recuerda la verdadera importancia de la cosas pero sobre todo nos proporciona perspectiva y humildad. Proponemos un decálogo para un confinamiento que rehabilite nuestra patología anómica. Estamos hospitalizados en nuestras casas para sanar el virus del egoísmo mediante la terapia de la humildad, el servicio a los demás, el sacrificio, la austeridad o la solidaridad.

1. Atender a nuestras familias. La familia cobija los afectos esenciales, nos proporciona seguridad y equilibrio. Acostumbrados a que nuestros días prepandémicos nos restaran mucho tiempo para estar con nuestras parejas, padres, hermanos, abuelos o hijos, este paréntesis nos permite dedicarles cantidad de tiempo que a veces resulta más importante que la erróneamente justificada calidad de tiempo. Y también nos enseña a convivir, a ceder, a tener paciencia o capacidad de servicio.

2. Reflexionar. Al parar, hacemos un balance vital. Analizar el debe y haber de nuestros comportamientos. Cómo ha sido nuestra vida hasta este momento, qué cosas buenas he conseguido pero también en qué debo mejorar. Planificar nuevos ritmos de vida, replantear objetivos y modos realistas de conseguirlos.

3. Leer. Apagar la televisión y coger un libro. La lectura exige un esfuerzo cognitivo enriquecedor para nuestras neuronas. Mucho mejor que atiborrarnos a series o informativos o programas politizados y apocalípticos.

4. Formación. Es un buen momento para estudiar. Desempolvar libros técnicos que refuercen conocimientos o apuntarnos a los múltiples webinars que altruistamente están dándose y que actualizan nuestra vocación.

5. Desarrollar la creatividad. Tenemos tiempo para crear, para desarrollar nuestra imaginación, plasmar lo que sentimos en un poema, una composición musical, un lienzo o en una escultura. O de otras mil maneras que uno considere.

6. Descansar. Detener el ritmo frenético habitual y adquirir una saludable higiene del sueño que nos repare y consecuentemente mejore nuestra salud.

7. Hablar. Son momentos de incertidumbre, la preocupación nos genera ansiedad, no podemos trabajar y las repercusiones económicas nos roban el sueño. Hablemos. Verbalizar los sentimientos ayuda a disminuir su intensidad emocional.

8. Ordenar. No solo los armarios y cajones, también nuestra cabeza.

9. Muévete. El ejercicio físico, aunque esté limitado, es necesario en estos tiempos de obligado sedentarismo. El movimiento cura.

10. Reza. Tenemos una oportunidad excepcional de vivir plenamente los valores de la Cuaresma en confinamiento y pedirle al Señor amparo para una humanidad que vive tiempos de penumbra.

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