El alma de un resistente

«Compañero del alma, tan temprano», decía Miguel Hernández en su elegía a la muerte de Ramón Sijé, Y es que el hachazo brutal nos ha derribado esta mañana de abril, lluviosa de dolor y de rabia. El periodista José Marí Calleja, compañero de tantos años de ejercicio profesional, ha fallecido a causa del coronavirus, que complicó algunos problemas de salud que ya padecía en los últimos meses. Una nueva víctima en la lista de la tragedia de esta enfermedad, que se ceba con la vida con una insólita crueldad sin distinción de generación.

El triste encargo de escribir esta crónica me recuerda aquellos versos de Hernández que Joan Manuel Serrat cantaba hace bastantes años, dedicados al hachazo homicida por la muerte de su amigo Ramón Sijé. Releo el último artículo de José Mari, emocionado, dedicado a los aplausos de las ocho de la tarde desde los balcones del confinamiento como una nueva liturgia cívica sincera de reconocimiento, un acto social de afecto y redescubrimiento de la solidaridad. Una elegía hermosa frente a tanta mezquindad de letra pequeña.

Nos enteramos de su marcha y la mascamos amargamente, como si fuera, ciertamente, ese manotazo duro, ese golpe helado que Miguel Hernández escribió doliente en la España de la Guerra Civil. Calleja, sobre todo, fue un periodista de raza, un periodista valiente y comprometido ya desde sus tiempos de estudiante universitario, entonces en la órbita del PCE, en los que conoció la cárcel de la dictaduira. No se se arredró ante los fanáticos de ETA ni ante el ultranacionalismo español en los últimos tiempos. En los años de la presión del terrorismo, se jugó la vida y estuvo en la diana. Fueron años en los que su desembarco como presentador en el Teleberri de Euskal telebista supusieron un pequeño seísmo en el escenario mediático vasco. Abandonó Euskadi a finales de los años 90 en este ambiente de presión y tuvo que disponer de protección personal, como tantos periodistas en Euskadi.

Él, que en uno de sus últimos artículos recomendaba el ‘Resistiré’ como nuevo himno de España, fue eso, un resistente nato. Un ganador al terror que, sin embargo, no ha podido sobrevivir a la enfermedad. Un empujón brutal le ha derribado a los 64 años después de muchos dedicado al periodismo en el País Vasco y después en Madrid como colaborador de Colpisa, Cuatro, la Ser, Televisión Española y Antena 3, Catedrático de Periodismo en la Universidad Carlos III y con una dilatada carrera profesional que había iniciado en San Sebastián en el periódico La Voz de Euskadi para después formar parte de la plantilla de Efe en la capital guipuzcoana.

La columna vacía

Lloro mi desventura y sus conjuntos, escribía el poeta que tanto gustaba a Calleja. Joaquín Sabina, otro de los mitos de José Mari, decía hace pocos días en relación con el coronavirus que uno «no puede acostumbrarse a este espanto». «La muerte me parece un crimen atroz y una injusticia, que se muera la muerte». Su muierte nos descubre algo obvio, que esta cruel enfermedad es desoladora en sus estragos, aunque a la vez descubre un recóndito sentido de la humanidad latente bajo la superficie y que se esconde casi bajo las piedras. Quedan efímeras y ridículas las batallas políticas que lo envuelven todo como si no pasara nada, como si esta catástrofe humana no fuera suficientemente espantosa para dejarnos mudos, para obligarnos al silencio y al duelo, a unir fuerzas y aparcar las miserias y las rencillas. Y queda atrás una profesión, que sufre tantas amenazas y riesgos en los últimos años, pero que era la pasión vital de aquel Calleja vehemente y afectuso, un torrente de energía y de vida, que disfrutaba de San Sebastián después del final de ETA como su hubiera descubierto una segunda juventud. Incansable combatiente de la palabra, su columna vacía nos deja mudos de dolor.

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