El general listo

De toda la vida a las élites les ha gustado mantener los secretos a salvo del populacho y no dar explicaciones. En la campaña presidencial de Hillary Clinton contra Trump se dijo que su jefe de seguridad era hipnotizador. Claro, cómo iba ella a reconocerlo. O la red de pederastia de los demócratas en varios restaurantes, incluida la pizzería Comet Ping Pong de Washington. Paparruchas. Pero paparruchas con éxito.

En 1932, Eisenhower era asistente del general McArthur. El presidente Hoover mandó dispersar el asentamiento del Bonus Army en Washington (el dispersador, bajo el mando de McArthur, fue Patton). Eran veteranos de la Primera Guerra Mundial y sus familias con reivindicaciones económicas. Cuenta Paul Johnson en la biografía de Eisenhower que ningún otro episodio en la historia de EE UU ha sido objeto de más falsedades. La propaganda comunista posterior se encargó de inventar cargas de caballería, gas venenoso o «un niño pequeño atravesado por una bayoneta al tratar de salvar a su conejo». O que Hoover y su mujer se habían dado un banquete. Todavía en los 70 se difundía esto. A la descripción real de los hechos que hizo Eisenhower en un informe se le dio difusión, pero menos que a los bulos. Eisenhower, un general tan listo que ganó la guerra y llegó a presidente, aprendió que había que mantener a los periodistas informados y ser amable.

El Jefe del Estado Mayor de la Guardia Civil ha contado en rueda de prensa que trabajan desmintiendo bulos para minimizar el clima contrario a la gestión de la crisis por parte del Gobierno. Un lapsus, dice Marlaska. ¿Y si José Manuel Santiago es tan listo como Eisenhower? ¿Y si combate el enfado gubernamental por las críticas con la verdad? Manteniendo a los periodistas informados y siendo amable.

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