El petróleo de EE UU pugna por regresar a positivo tras la orden de Trump de llenar las reservas estratégicas

La lógica económica regresa, por la mínima, al mercado petrolero estadounidense. El barril de crudo texas, el de referencia en la primera potencia mundial, volvía este martes a cotizar en positivo después de que el lunes se dejase, atención, el 300% de su valor en una sola sesión y entrase en negativo por primera vez en su historia. Con todo, el regreso a números positivos era demasiado volátil como para considerarlo una tendencia asentada y nadie descarta que los precios vuelvan a ponerse en negativo con el paso de las horas. Que los futuros del crudo cotizasen durante unas horas en negativo quiere decir que quienes comprasen un barril con entrega en mayo no solo no tenían que pagar nada sino que recibían dinero a cambio de quedárselo, ante la saturación de los puntos de almacenamiento y en una industria en la que parar la producción es en muchos casos más oneroso para los productores que venderlo a pérdidas, regalarlo o -directamente, como hemos visto este lunes, pagar a quien lo retire- cuando se ha rebasado la capacidad de los almacenes. El mundo al revés.

Este martes quien quiera hacerse con un derecho futuro sobre un barril de petróleo estadounidense tiene que rascarse el bolsillo. Simbólicamente, pero tiene que pagar: un centavo de dólar en el toque de campana europeo. El anuncio de Estados Unidos de que comprará hasta 75 millones de barriles para llenar hasta los topes sus reservas petroleras contribuye a estabilizar mínimamente el mercado. Es, como ha reconocido el propio presidente estadounidense Donald Trump, la primera vez en mucho tiempo que el país norteamericano llenará al máximo sus depósitos en un movimiento que tiene un objetivo doble: por un lado retira de la circulación una cantidad importante y por otro se hace, a precios de derribo, con una cantidad ingente de crudo para hacer frente a potenciales disrupciones futuras de oferta.

El movimiento de Trump tiene, claro, una lectura política: el coronavirus provocará, ya con total seguridad, que la economía llegue claramente en recesión a las elecciones de noviembre y el magnate sencillamente no puede permitirse un efecto dominó una sangría de empleo en la potente industria petrolera texana, que descansa casi íntegramente en el fracking: una técnica que ha llevado al gigante norteamericano al cetro de primer productor mundial y que le ha permitido levantar la restricción histórica sobre las exportaciones, pero muy sensible a precios del petróleo por debajo de los 40 dólares por barril. Con el valor del crudo rozando el cero, sencillamente todas las empresas del sector operan a pérdidas. Y una oleada de quiebras límite sus opciones en un Estado tradicionalmente republicano y clave para su reelección: es el tercero más grande de EE UU y, por tanto, el tercero que más miembros del Colegio Electoral —el órgano que decide, en última instancia, el nombre del próximo presidente y vicepresidente estadounidenses— elige, tras los muy demócratas California y Nueva York.

Entretanto, el barril brent, el de referencia en Europa, se mantiene claramente en terreno positivo: pese al severo batacazo de este martes —retrocede casi un 9%—, se mantiene por encima de los 20 dólares y todavía está por encima de los mínimos de dos décadas que marcó a principios de abril. Hay varios motivos para que esto suceda: a diferencia del texas, la liquidación de los futuros del crudo que se consume en el Viejo Continente es en junio y no en mayo —y para entonces se espera que el consumo haya vuelo, al menos parcialmente, a la vida— y la imposibilidad de trasladar ese crudo desde el centro de EE UU hasta otras latitudes ante la altísima demanda de buques no solo ya para el trasiego de barriles sino para su almacenamiento ante el llenazo de los depósitos privados. De ahí que la orden de Trump de llenar las reservas estratégicas sea, en este momento, la única opción posible para rebajar la presión sobre un mercado en el que, sencillamente, las piezas no encajan desde hace semanas.

La entrada del petróleo estadounidense en negativo este lunes es atípica —tanto que nunca había sobrepasado esa barrera— pero de una lógica palmaria: la recién concluida guerra de precios entre Arabia Saudí y Rusia puso en circulación una cantidad ingente de crudo inasumible para un mercado ya de por sí desestabilizado y con una demanda global que ha caído en aproximadamente un tercio desde el inicio de la crisis del coronavirus. Con los aviones parados, los coches estacionados y las fábricas a medio gas -no ya solo por la seguridad de los empleados sino por el hundimiento de la demanda global de muchos productos hasta que se aclare el panorama económico- el crudo es menos necesario que nunca antes. El planeta y la salud de quienes viven en grandes ciudades lo agradecen, pero el mercado pugna por mantenerse en positivo, una realidad inimaginable solo unos meses atrás.

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