Fenollosa y Europa

Excluir al Levante de la opción de jugar en Europa la próxima temporada a falta de disputarse 33 puntos, a solo doce de alcanzar el sexto puesto, podría considerarse una cacicada injusta, pero llegado el momento por algún sitio hay que cortar. El denostado Rubiales, hoy por hoy, no tiene culpa de que el conjunto de Orriols ocupe la decimotercera posición en la tabla o, por poner otro ejemplo al azar, nuestros vecinos la séptima. No creo que sea casualidad que los máximos dirigentes de dos de las tres patas del fútbol español -RFEF y AFE- sean exlevantinistas. Rubiales y Aganzo tuvieron en el villarroelismo una magnífica escuela sindical, las mejores prácticas posibles por lo visto. Pero de ahí a, como algunos apuntan, acusarles de tener manía a los ‘chotos’ por exgranotas es ir muy lejos. Algún criterio hay que seguir aunque, en estas situaciones, cualquier decisión salomónica termina siendo injusta. En nuestro caso, nunca entendimos el descenso del Levante a mediados de los ochenta por reestructuración de la categoría habiendo acabado décimo en la tabla. Tampoco asimilamos aquel «descenso administrativo» de mayo del 82 que nos abocaba directos a Tercera sin pasar por 2ª B. Precisamente dos décadas después esa fue nuestra tabla de salvación al evitar el descenso deportivo gracias a los impagos del Real Burgos. Ahí, en ese verano de 2002, empezó todo. Bajar al pozo del tercer nivel hubiera supuesto un palo difícil de superar. En el siguiente ejercicio, con Villarroel decidido como Escarlata O’Hara en ‘Lo que el viento se llevó’ a hacer lo que fuera para que el equipo nunca más pasara hambre («a Dios pongo por testigo»), el Levante se consolidó definitivamente en la zona alta de Segunda hasta alcanzar el ascenso solo una temporada después.

En esos años, Paco Fenollosa ya era una institución. Hoy, a sus 88 años recién cumplidos, se ha convertido en leyenda viva del levantinismo. No solo por su increíble memoria, bondad, humildad y capacidad para seguir haciendo del Levante una gran familia, sino sobre todo por saber convertirse en emblema de este club, marcando la diferencia con su buen hacer allá por donde va. A estas alturas, la mayoría de aficionados granotas tenemos alguna anécdota con él, casi siempre divertidas. Pese a su tamaño, el gran Paquito es un tipo inmenso que siempre transmite bonhomía, entusiasmo y buen humor. El carismático presidente de honor es una persona querida en todos los palcos que engrandece nuestro escudo centenario. Contar con semejante embajador es un lujo. Felicidades, Paco, y que te sigamos disfrutando en plena forma durante muchos años. Sí o sí.

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