El cuestionado Setién crea un ‘caso Griezmann’ que le puede costar caro

El Barça no se ha despedido ya de la Liga porque las matemáticas le obligan a agarrarse a las pocas posibilidades que le quedan, pero ni las caras tristes de los jugadores ni el ambiente que se vive en el vestuario azulgrana alrededor de la figura de Quique Setién invitan a pensar que alguien cree realmente en el título. El conjunto culé debería ganar los cinco partidos que le quedan y esperar dos pinchazos del Real Madrid en las seis jornadas que le faltan por jugar. Y a estas alturas, puede que sea más inviable la primera premisa que la segunda.

No sería tan raro, por ejemplo, que el equipo de Zinedine Zidane empatara ante un Getafe siempre peleón y que perdiera en San Mamés contra el Athletic. Al fin y al cabo, no ha mostrado una gran superioridad sobre sus rivales en esta ‘mini-Liga’ de once jornadas post-pandemia del coronavirus y ha ganado algunos de sus partidos con polémica. Pero que el Barça vuelva el domingo con una victoria del campo del Villarreal, la escuadra más en forma, sí parece ciencia ficción.

Al técnico cántabro se le acumula el trabajo en los últimos días, aunque no queda muy claro si como pirómano o como apagafuegos. Primero tuvo que pedir respeto a sus jugadores y alcanzó un pacto de buenas intenciones en una tensa reunión que tuvo lugar el domingo como consecuencia de los desplantes de Messi, Rakitic o Luis Suárez a Eder Sarabia, su segundo, en Balaídos.

Y tras el 2-2 del martes ante el Atlético, se comprometió a dar una explicación a Antoine Griezmann por acordarse de él sólo en el tiempo de descuento ante su ex equipo en lo que se ha interpretado como una humillación hacia el campeón del mundo francés, aunque matizando que «no le pediré perdón».

Realmente, que Griezmann sea suplente en este Barça no debería sorprender a nadie. Ni con un nivel medio más bajo de lo normal en el rendimiento de la plantilla, el ex del Atlético ha conseguido ganarse esa condición de indiscutible que sí le dio, pero sólo de forma verbal, Quique Setién hace tres semanas. En un 4-3-3, desplazado a la izquierda, es inofensivo y no resiste la comparación con la valentía de un Ansu Fati de 17 años. En un 4-4-2, como el martes, es sacrificado para ubicar a un centrocampista con más trabajo defensivo y con llegada.

Sucede lo que se temía cuando se le fichó a golpe de talonario. Si toda su vida ha jugado como segunda punta al lado de un ariete grande que le haga el trabajo sucio, ¿cómo iba a encajar en el Barça? No es driblador ni combinativo, otra característica imprescindible en el equipo azulgrana. Nunca ha competido, ni en la selección francesa, en equipos que tienen la posesión casi todo el partido, con los rivales encerrados en su área, obligando a ataques estáticos en los que hay ser muy preciso. Su gran nivel lo ha alcanzado jugando más a la contra, con espacios, en carrera. Y el Barça no juega así.

De ahí a darle los minutos de la basura, hay un abismo, especialmente porque en el campo estaba Luis Suárez completando, medio cojo, un partido lamentable. Y ese es el problema de Quique Setién, quien ya claudicó hace tiempo ante los pesos pesados de la plantilla. Eso es lo que le reprochó Alain, el padre de Griezmann, en las redes sociales, respondiendo a un titular en el que el técnico decía que no iba a pedir perdón a Griezmann: ««Para tener este tipo de conversación necesita tener las llaves del camión y este no es el caso, solo es un pasajero». Y su hermano, Theo, también se iba a dejar ir: »Me dan ganas de llorar, dos minutos…«. Los dos acabaron borrando sus publicaciones, posiblemente a petición de Griezmann.

Aunque Josep Maria Bartomeu, presidente del club, mostró su apoyo a Setién el lunes en una visita a su propio domicilio particular, no es un secreto que está en la cuerda floja. Al máximo mandatario no le habrá gustado que devalúe a un jugador con el cartel de Griezmann, como ya le ha ocurrido al club por otros motivos con Coutinho y Dembélé. Tres fichajes por encima de los 100 millones que no han triunfado. Son los efectos todavía de la fuga de Neymar en el verano de 2017. Dejó 222 millones en la caja que se gastaron rápido, y mal, y un hueco en el equipo que nadie ha ocupado todavía.

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