Pájaros, rotuladores y naranjas del Maresme

Se disculpa por llegar cuatro minutos tarde a su estudio, en la Fundació Palo Alto, una antigua fábrica de hilo de lana de la Barcelona del siglo XIX, fagocitada por una vegetación exuberante bajo la que bulle, ahora a medio gas, la producción artística de una treintena de empresas. Llega con unas naranjas ecológicas que acaba de comprar a unos payeses del Maresme. Enciende un ‘ducados’ que acaba estrellando sobre la mejilla metálica de Cobi, en formato de cenicero. El can nos mira olímpicamente desde paredes y estanterías. Su padre ha cumplido 70 despreocupados y agradecidos años. Pese a los virus.

Lunes

Este tiempo de tanta incertidumbre es muy bueno. Nos obliga a replantearnos muchas cosas. El 99% de los seres inteligentes de este planeta son verdes. Nosotros, los humanos, somos cuatro gatos. Y estamos obligados a coordinarnos para encontrar la solución.

08.35 horas. Me despierto con Fernando Trueba. Me llamó cuando hizo ‘Calle 54’, allá por 2000, para pedirme la gráfica y nos hicimos hermanos. Se parece a Barceló. Sus cerebros son estanterías de Ikea. Para ellos es fácil encontrar nombres, apellidos, adjetivos, álbumes. Yo busco todo eso por las esquinas y no lo encuentro.

10.15 horas. Pedaleo hasta el estudio por un carril bici junto al mar con la mascarilla puesta.

11.20 horas. Llega Fernando. Estamos trabajando en ‘They shot the piano player’, nuestra segunda película animada después de ‘Chico y Rita’. En Río de Janeiro descubrió a Tenório Jr., un pianista buenísimo de bossa nova y jazz que solo grabó un disco. Desapareció después de una actuación. Fernando se puso a investigar y ha reconstruido su vida. Resulta que fue secuestrado y asesinado por la dictadura argentina.

18.35 horas. Me escapo en la Vespa a la librería La Central del Raval. Compro un par de cómics y un libro sobre la inteligencia de los pájaros. Stefano Mancuso, un gran científico de la Universidad de Florencia, tiene también unos estupendos en los que te cuenta cómo te reconocen las plantas. También son muy inteligentes. En casa tengo miles. Les hago compost con lo que tiro del desayuno, cartones y servilletas. Les ayuda a no tener constipados. Me gusta mucho estar con ellas. Y tocarlas.

Martes

08.50 horas. Puedo tardar una hora entera en desayunar. Una naranja, un kiwi, fresones, unas bolitas azules, nueces, plátano… Luego tostadas con jamoncito. Mucho café largo. De émbolo. Lo compro en ‘El magnífico’, una tienda de barrio. Ya el abuelo del señor que está ahora lo traía de Kenia, Etiopía, Colombia. El nieto sigue tostándolo. Mi mejor amigo lo compra en cápsulas de Nestlé en El Corte Inglés. Para mí eso es triple pecado mortal.

14.00 horas. Como lentejas con mi novia. Es economista. La conocí allí en la cantina de la Fundació Palo Alto.

19.00 horas. Voy al Borne, el antiguo mercado de verduras. El Gremi de Restauració de Barcelona ha invitado a Zapatero. Querían que le hiciera un retrato. Yo no lo veía, así que les propuse cambiarlo por un dibujo con acuarelas de Barcelona. Me parecía más chulo. Me gustaría saludarle y decirle ‘Zapatero, gracias a ti, muchos amigos y amigas están felices de poder presentar a su marido y a su mujer’. La gente dice ‘da igual el PP que el PSOE’. No. Yo tenía en casa unas placas solares y Rajoy me las jodió y tuve que pagar por producir energía solar en vez recibir.

21.00 horas. Ceno con mi amigo Mario. Es grafista, uno perfeccionista y brillante. Lo contrario a mí. Al pobre, con lo del procés, le entró la locura, como a Don Quijote. ‘Mira lo que ha dicho Torra, y la Colau…’ Sufre mucho con la política. Me pregunta cómo puedo estar tan tranquilo. Yo le digo que a mí ningún político va a quitarme diez segundos de mi energía. Es como lo de Vox. Si les quedan dos telediarios. La vida va por otro lado.

Miércoles

11.15 horas. Terras Gauda, unos viticultores buenísimos, me han pedido un cartel gigante que explique a sus visitas qué es Galicia y qué hay allí. Me encanta.

14.00 horas. Como con Javier Cercas. Le hice un retrato para ‘The New Yorker’. Le puse la nariz cubista y la revista se la arregló. ‘Ni-ha-blar’, les dije. Publicaron otro, una mierda. Me lo querían pagar. Les dije que no. Voy a regalarle a Javier el que le hice.

22.30 horas. Me voy a dormir. Vivo solo. No veo la tele. Mi padre nunca quiso tener una, luego me hice hippy y los hippies no vemos la tele. Compré una en el 92, por las Olimpiadas, pero entonces tenía mucho trabajo. Luego me separé de la mujer con la que me compré la tele y me fui con una maleta. Ahora, con Netflix, mis hijos me han obligado a comprar otra.

Jueves

12.10 horas. Tengo una energía muy reducida. Para concentrarme necesito un iglú. El confinamiento lo ha sido y me ha hecho limitar aún más mi campo de amistades. Me doy cuenta de que me quedan cuatro telediarios y me gustaría hacer un par de películas y cuatro libros más. Uno es un cómic de 400 páginas. Cuenta la historia de una chica, Fermina, desde el ‘Big Bang’ hasta ahora. Llega a ser átomo, molécula, luego se hace vertebrada, simio… Voy por la célula eucariota.

20.30 horas. Vienen los nenes -ya tienen 18- a cenar y a dormir. Les gusta mucho mi tortilla de patata. Su madre siempre está preguntándome que cómo la hago. El secreto está en no tener prisa. Y en el aceite. Por mi cumpleaños me regalaron cinco botellas buenísimas. No nos damos cuenta de que, pese a todo, seguimos viviendo en uno de los lugares mejores del mundo. Vas al mejor hotel de Nueva Delhi y no puede beber agua del grifo. ¡A la de Barcelona le hacen 120 controles al día!

Viernes

12.00 horas. Me voy con mi chica a pasar unos días a casa de Marta, una ex mía. A mi enseguida se me pasan las cosas malas. Si puede ser, antes de morir -no me importa morirme- me gustaría tener cinco minutos para decir ‘gracias por la vida y por la cantidad de besos y de cariño que he recibido’.

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