Ascética y psicosis

A los seres humanos nos gusta el orden, aunque pasamos más tiempo en el desorden. El mundo es un caos, de ahí el éxito de la japonesa Marie Kondo, que ha vendido millones de ejemplares de un libro en el que explica cómo organizar los cajones. Se supone que si uno (o una, que el genérico flaquea) reserva un espacio para los calzoncillos o para las braguitas, abrirá al mismo tiempo en su cabeza departamentos para colocar las ideas, de modo que no se mezclen unas con otras. Hay gente que se dispone a hacer uso de un argumento racional y le sale un exabrupto emocional, como cuando en un armario caótico metes la mano para coger una corbata y sacas una rata. Significa que el orden exterior acaba constituyendo un reflejo del interior.

Si un lunes cualquiera dejas la cama sin hacer, a lo mejor no pasa nada, pero si dejas de hacerla el resto de la semana, la memoria de esas sábanas revueltas y arrugadas, seas consciente de ello o no, te acompañará a lo largo del día y en la oficina, confundirás el Debe con el Haber, lo que para un contable es como para una paloma confundir el Norte con el Sur, el trigo con el agua, el mar con el cielo. Se equivocó la paloma, se equivocaba. A mí me gusta pensar que cuando mejoro mi sintaxis, perfecciono mi vida. Hay ahí una ascética, un deseo de purificación a través del esfuerzo. Hay una lucha, tantas veces perdida, como cuando a uno le gustaría que le gustasen los documentales de La 2, pero solo es capaz de ver telebasura. Ahora bien, todo tiene un límite y a mí el orden que se aprecia en esta imagen me parece un poco psicótico. Da miedo.