¿Cuánto hace que no os cuentan un chiste nuevo?

Se abre el telón. Se ve una cama de madera que vale cincuenta euros. Baja el telón. Se abre el telón. Se ve una cama de hierro que vale doscientos euros. Baja el telón. ¿Cómo se llama la película? No sé… ¡La más carilla de hierro! La niña no se ríe. ¿No te hace gracia? No lo entiende. Se lo explico: la mascarilla de hierro, o sea, que la cama «más carilla» es la de hierro, se trata de un juego de palabras. Ah, un meme. No, un chiste. ¿Un monólogo? No, un chiste. ¿Qué es un chiste? Me lo temía, la niña no sabe qué es un chiste. También los chistes contados con la boca han muerto, como el invierno, las peñas quinielísticas, los cigarrillos de chocolate o el teléfono de pared de la cocina de mis padres. El chico que fui está más cerca del Lazarillo que de esta niña que se parte con las posturitas de TikTok.

Cuando era adolescente, con aquellas gafas de pasta que me hacían orejas de Dumbo, con aquel flequillo cortina y aquellas bermudas que mi madre me puso hasta los dieciseis, no tenía otra opción para atraer la atención de las chicas que contar chistes. Era el típico pesado que podía pasarse toda la excursión del colegio a Santo Espíritu o al lago de Anna contando chistes sin parar. Me los sabía todos. Cuanta oratoria me veis emplear en el parlamento se la debo a esas largas horas de autobús contando chistes uno detrás de otro. Y me pregunto qué será de los feos en la edad del pavo de hoy sin chistes. Entre que las bromas ahora circulan como memes de móvil a móvil y que casi todos los temas chistosos se han vuelto incorrectos, por machistas o racistas, hace un siglo, literalmente un siglo, que nadie me cuenta un chiste nuevo. Hasta aquellos en los que iban un francés, un inglés y un español y…, actualmente se podrían considerar xenófobos o antieuropeos. Los chistes se han extinguido en la forma y en el fondo.

Si la Universidad de Edimburgo ha borrado a su ilustre filósofo David Hume porque, como los autores de su tiempo, alguna frase dejó que no cuestionaba la esclavitud, ¿cómo iban a librarse de la preterición los pobres chistes sobre tullidos, mariquitas o tontos de pueblo nuestros de toda la vida? Veo a diario infinitas burlas del coronavirus en las redes (que cada cual ponga al coronavirus el nombre que quiera), pero en seis meses que llevamos de peste aún no me han contado un chiste al respecto. Con los chistes se va una época más libre que esta. Una sociedad que no sabe reírse de sí misma, que se ofende por todo, se convierte en un internado. ¿Quién le iba a decir al perrito Mistetas que acabaría siendo un insurgente?