El comodín de la pandemia

No hay compartimentos estancos. Cuando se reflexiona sobre el fútbol, o se analiza con humildad y sin resentimiento cualquier actividad humana, se habla de todo. En la perspectiva de una crisis económica mundial, y otro colapso de la sanidad, y desde la certeza de asistir al prólogo de una nueva etapa en la historia del mundo, lo que me preocupa ahora es la pandemia, los respiradores, las vacunas que vendrán, las sucesivas cepas a las que habrá que hacer frente, el notorio populismo, el egoísmo, la incompetencia y el sectarismo con que afrontamos el futuro. El de los que nos sucederán, y el de los que todavía están entre nosotros puede ser tan terrible que ponerse a destripar las incomprensibles decisiones de la dirigencia de una sociedad mercantil propietaria de las acciones de un equipo de fútbol no deja de ser un ejercicio de cierta frivolidad. La pandemia ha introducido la duda y la incógnita sobre el futuro, cuando el mundo de ayer nos parecía seguro, estable y en permanente crecimiento. La pandemia nos afectará a todos, pacientes, periodistas, políticos, padres, funcionarios, trabajadores, y en todos los sectores. Habrá un antes y un después en la banca, el periodismo, la logística, en el ocio, la cultura, la movilidad, los viajes y hasta en los usos sociales. Pero la pandemia no puede convertirse en el comodín o la llave maestra que tenemos siempre a mano para justificar cualquier error: la soberbia, la decisión discrecional, la opacidad empresarial o el sectarismo político. Quizá me equivoque. No lo digo desde la inocencia ni desde el optimismo, pero precisamente por eso creo que la cultura, la política o la empresa que apueste por la venganza y la tensión comete un error descomunal, y que sin embargo la única supervivencia en el fútbol y en un periódico, y en los libros que están por escribir y en las empresas que se han de crear vendrá de la mano de la generosidad, de la apuesta por la proximidad, y el compromiso con la igualdad. Solo permanecerán aquellos equipos construidos desde el afecto y la proximidad con sus aficionados, cuando los traten como sujetos maduros, no desde el infantilismo del que los ve como un cliente. Los que cuenten la verdad, y se acomoden a la identidad colectiva y al sentimiento. El otro modelo alternativo, el del puro marketing, el que se llena la boca aparentando ser lo que no eres, no funciona ni en clubes regados con dinero como el PSG. Como para funcionar aquí que estamos todos tiesos y esperando el OK de la distancia. Pero no soy inocente ni optimista. Quien apueste discrecionalidad, justifique la soberbia, la discrecionalidad, la opacidad o el sectarismo. A veces ponerse a hablar de fútbol como para que