Un científico cachas gana el US Open

Él mismo se llama “el científico del golf”, aunque la mayoría le conocía como “el científico chiflado”. Bryson DeChambeau, estadounidense de 27 años, no es desde luego un golfista normal. En el circuito era como un bicho raro por su obsesión por medir y calcularlo todo en el campo, por aplicar la física y las matemáticas al juego a unos niveles a veces obsesivos, y en los últimos meses por un cambio físico que le ha llevado a forrarse de músculos.

La fórmula del científico cachas le ha servido a DeChambeau para ganar el US Open jugado en el campo neoyorquino de Winged Foot, un recorrido infernal por su rough salvaje y los greens que parecían olas de mar. Es su primer grande, y también una demostración sonora de que sus peculiares métodos funcionan.

Nunca mejor dicho, los números hablaron por sí solos. DeChambeau no solo ganó a todos sus rivales, sino que fue el único que doblegó al temible Winged Foot: seis bajo par al final del torneo, el único en números rojos, seis golpes de ventaja sobre Matthew Wolff, en el par (al chico de 21 años le pudo la presión de salir como líder en la ronda final en su estreno en un US Open, y de saber que su victoria suponía una gesta no lograda en 107 años); en +2 se quedó Louis Oosthuizen, +3 Harris English, +4 Xander Schauffele, +5 Dustin Johnson y Will Zalatoris, +6 Tony Finau, Rory McIlroy, Justin Thomas… y + 10, en el puesto 23º, Jon Rahm y Rafa Cabrera Bello. Una carnicería de la que salió silbando, como pensando “¿no decían que yo estaba loco?”, el loco científico.

Hasta no hace tanto era ley reconocer que el golf son emociones, sentir la bola, la hierba bajo los zapatos, el tacto del palo y la fuerza del viento. Más corazón y piel que cabeza. O así solía ser cuando los jugadores imaginaban golpes, y nadie lo hacía como Seve, al que todos los veteranos que conocieron ese tipo de juego añoran ahora. Porque hoy los golfistas se parecen entre ellos como fabricados en cadena, y dan los golpes que se esperan, calculan las yardas, consultan la base de datos, hablan con su caddie de números más que de sensaciones, y cuando algo no funciona se meten en un laboratorio a llenarse el cuerpo de sensores, o se mudan directamente al gimnasio. DeChambeau es posiblemente el jugador menos estético de ver en el circuito, tal es su obsesión por hacer el movimiento perfecto, mecánico, como un robot, que parece continuamente en tensión, agarrotado, y más ahora que parece un levantador de pesas, para no salirse ni un milímetro de la posición que dicen los manuales que es la correcta, sin tener en cuenta que cada golfista es una manera de sentir. Él busca la perfección en una revolución constante. Este domingo midió y midió el último putt cuando tenía seis de ventaja.

Con seis años ya le daba por el álgebra. En el instituto, para no hacer pagar a sus padres un libro de física que costaba 200 dólares, lo pidió en la biblioteca y lo copió. ¡Las 180 páginas! “Así fui capaz de entenderlo mejor”, explicó. Estudió Física en la Universidad, claro, y cuando apareció por el circuito profesional (tras el Masters de 2016), con su gorra al estilo de Ben Hogan, no era raro verle entrenarse con toda clase de aparatos para patear, medir la humedad y calcular cómo debía dar cada golpe, y hasta le prohibieron usar un compás. Hoy usa palos de igual medida. Habla de ciencia encantado, y podría dar una charla a vigoréxicos. Cuando una vez le preguntaron por una lesión que le impedía jugar bien, respondió: “Fue porque mi cuadrante lumborum no estaba funcionando. Mis ilíacos, longissimus thoracis, sufrieron”.

Igual de pasmado se queda un aficionado cuando le firma un autógrafo con la izquierda (es diestro) y escribiendo de derecha a izquierda. O cualquier colega cuando en julio pasado contó su dieta: “Por las mañanas suelo comer cuatro huevos, cinco lonchas de bacon, unas tostadas, y dos batidos de proteínas. Durante las jornadas tomo unas cuantas barritas energéticas, un sándwich de mantequilla de cacahuete y mermelada y un batido cada seis hoyos”. Así está de hinchado, una bola de músculos que ha cultivado durante la pandemia entrenándose tres veces al día para ganar 20 kilos (hasta los 110; mide 1,85m) y darle a la bola más fuerte que nadie. Así pega drives a 320 metros y 310 kilómetros por hora. “¡Menudo cabrón!”, soltó McIlroy cuando vio tal bombardeo.

Ese es Bryson DeChambeau, campeón del US Open. ¿Y ahora quién se ríe del científico con músculos de acero?

Jon Rahm y Rafa Cabrera sucumben: 10 sobre el par

Jon Rahm fue querer y no poder. Hay pocos que quieran y empujen más que el golfista vasco, aunque en el campo de Winged Foot fue imposible del todo. Se llenó de golpes en la tercera jornada por culpa de unos putts que no han entrado en todo el torneo, desquiciado más de una vez con la lectura de unos greens de manicomio (y eso que él es un experto en la materia desde pequeño), y en la jornada final volvió a chocarse contra el muro.

Tres bogeys consecutivos en los hoyos 3, 4 y 5 le hicieron tocar fondo. Y entonces, como el ciclista que se cae en un momento decisivo y se levanta enrabietado e incluso con más fuerza, se rebeló contra el mundo y enlazó, quizás liberado por fin, cuatro birdies seguidos hasta el hoyo 11. Estaba al menos en posición de atacar los 10 primeros puestos. Un espejismo. Ahí estaba ese recorrido demencial para recordarle lo que es un US Open: dos bogeys más y un doble en el 18 para marcharse tres arriba en el día y con +10 en el total. En el mismo casillero, ese +10, acabó Rafa Cabrera Bello, pero su caída fue mayor porque partía de más arriba. El canario se descabalgó con ocho sobre par en el día cuando partía la jornada en el grupeto de cabeza. Cruel US Open.

Clasificación final del US Open.

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