Cornel West: «No podemos dar por seguro que la transición de poder en EE UU vaya a ser pacífica»

Su intenso historial activista y académico, unido a una prolija lista de libros publicados y su apego a la actualidad y la cultura, explican por qué Cornel West (Tulsa, 1953) es uno de los intelectuales más consultados por la izquierda estadounidense y también su designación como el cuarto pensador más grande de la era pos-covid según la prestigiosa revista política ‘The American Prospect’. Ha ocupado cátedras y becas en las universidades de Harvard, Princeton, Yale y Pepperdine, así como en el seminario de Unión Teológica y la Universidad de París. En 1985 fue encarcelado tras manifestarse contra el apartheid sudafricano.

La línea filosófica del profesor Cornel West, que se considera a sí mismo un demócrata radical y socialista, deriva de múltiples tradiciones, incluido el cristianismo, la iglesia afroamericana, el marxismo, el neopragmatismo y el trascendentalismo. Entre sus libros más influyentes se encuentran ‘Asuntos de Raza’ (1994) y ‘Democracy Matters’ (2004).

Comentarista en la arena política y experto en cuestiones sociales, aparece frecuentemente en los medios de comunicación. West es un icono cultural. Realiza ‘podcasts’, ha grabado discos de hip hop -una de sus pasiones es investigar el vínculo de este género con el activismo político- e incluso apareció en dos películas de la serie ‘Matrix’, en un papel irónico que rendía homenaje a su dimensión en la cultura y política americana interpretando al ‘Consejero West’. Desde Nueva York, habla con este medio en exclusiva sobre estas complicadas e inciertas elecciones.

-Una de las polémicas de la campaña es el proceso de confirmación de la jueza Amy Coney Barret al Tribunal Supremo en vísperas de las elecciones.

-Bueno, parece que vamos a tener otro juez conservador en la Corte Suprema. No veo cómo se podría parar. Es parte de ese fuerte movimiento de conservadurismo judicial en los círculos legales que ha sido sumamente exitoso en poner a sus candidatos en los niveles más altos de la judicatura en América. Un movimiento que ha dominado gran parte de las facultades de Derecho, donde el pensamiento conservador jurídico se ha impuesto y ha logrado remodelar el poder judicial.

-¿Esta nominación de una jurista con fuertes ideas conservadoras, que ha esquivado las interpelaciones en materias como el aborto o los derechos LGTBI, podría poner en riesgo derechos constitucionales de los ciudadanos, como muchos temen?

-Tenemos que recordar que la historia de la Corte Suprema apenas ha sido amiga de la gente pobre, de los trabajadores. Ha habido momentos maravillosos, claro, de avance de los derechos civiles para los afroamericanos. Derechos para las mujeres, los gais… Pero son momentos muy ‘anormales’, muy poco corrientes en la historia de la Corte Suprema. Cualquiera que quiera ver la Constitución como una fuerza de progreso de la vida norteamericana no mira al sitio adecuado.

-¿El nombramiento supondrá un impacto en las elecciones?

-Absolutamente. El ‘voto péndulo’ va a ser el de las mujeres blancas. Temas como el aborto, la pena de muerte, el matrimonio homosexual, que tienen un papel tan importante en el movimiento conservador en este país, serán contraproducentes con el colectivo de las mujeres blancas que votaron por Trump en 2016, que fue cerca de un 50% (un 47%) y que en estas elecciones está disminuyendo. Una mujer conservadora en el Supremo con determinadas convicciones sobre el aborto, el matrimonio gay, la salud pública… tendrá un impacto entre las mujeres blancas en Pensilvania, Ohio y Wisconsin. Florida también, aunque es más difícil de decir. Pero esos tres podrían ser los Estados decisivos en términos de empujar a Biden a la línea final.

-¿Qué le parece el candidato demócrata?

-La energía del Partido Demócrata está en el movimiento progresista, y el movimiento progresista necesita apoyar a Biden para llevarlo hasta la línea final. Lo veo como parte de una coalición anti-fascista. No soy particularmente fan de Biden, o de Kamala Harris, pero estoy apoyando activamente los esfuerzos para que la gente les vote porque pienso que son el mayor obstáculo en la marcha de América hacia el neofascismo.

«Se puede poner bien feo»

-¿Le preocupan las dimensiones que está adquiriendo el neofascismo?

-La coalición antifascista se está movilizando en las calles para asegurarse de que Trump pierde estas elecciones. Y no se sabe qué sucederá. Se puede poner bien feo, podría haber una huelga general, un levantamiento civil, no lo sabemos.

-Pandemia, recesión, supremacismo… Son unas elecciones muy complejas, con múltiples crisis y factores muy graves que nunca se habían dado.

-No creo que estas elecciones estén definidas solamente por las crisis. Porque en términos de crisis podrían compararse a las de 1860. En aquel momento había pobreza, una guerra inminente (la guerra civil) y cuatro millones de seres humanos en estado de esclavitud. Había milicias, no locales, sino regionales, que se unieron y declararon ilegítimo al Gobierno federal y establecieron la Confederación. Hoy estamos ante una catástrofe ecológica, una catástrofe nuclear, la desigualdad económica y la pobreza, y una disfuncionalidad del liderazgo ante las diferentes crisis que estamos sufriendo.

-¿Cuál es la diferencia?

-La gran diferencia, por supuesto, es que estas elecciones tienen el telón de fondo del declive espiritual y moral del imperio de EE UU, sumido en un proceso de derrumbe, con un despliegue militar en exceso a través del mundo y un presupuesto en Defensa superior a 700.000 millones que se lleva muchos recursos. La situación de ahora tiene también consecuencias para el resto del planeta porque Estados Unidos, la potencia que rige el mundo, entra en colapso mientras el represivo imperio de China se expande agresivamente. No tengo claro qué alternativa nos queda cuando hablamos del teatro internacional.

-EE UU siempre ha alardeado de un sistema democrático robusto. En el país de «estas cosas no pasan aquí» es difícil de creer la situación de vulnerabilidad en la que se encuentra, al borde del autoritarismo.

-Estamos ante el ocaso de la excepcionalidad americana, esta noción de la sociedad americana -que trasciende las leyes de la Historia- de no haber padecido élites corruptas, ni conocido posibilidades fascistas o regímenes represivos. Un país donde las elecciones no se alteran. Pero ahora, la mirada desde el otro lado de la línea electoral nos daría una imagen de América similar a la de cualquier otro experimento social fallido. Y esto derrota las expectaciones de mucha gente de que América nunca podría llegar tan bajo.

Tropas internacionales

-¿Qué sucedería si una presidencia de Biden no brindara las reformas que necesita el país?

-El primer paso es asegurarse de que Trump no socava las elecciones democráticas. Y se puede poner en plan fascista sobre este asunto, con el apoyo de la derecha. A partir de ahí, y si Biden gana, los progresistas deberán movilizarse de forma masiva para poner en marcha las reformas de una Administración con lazos próximos a Wall Street, al Ejército y al Pentágono, y entre las élites corporativas. Al menos, Biden no es un fascista, ésa es la línea divisoria. Y por eso apoyarle se hace tan importante ahora. Otra incógnita es que nadie sabe si esta va a ser una transición de poder pacífica, no podemos darlo por seguro. Acabamos de tener una conferencia en Naciones Unidas sobre el envío de observadores internacionales para asegurar que tendremos una elección libre y limpia.

-¿Piensa que la violencia sería inevitable?

Si sufrimos una movilización de la milicia de extrema derecha en el país, tendrían que enviar tropas internacionales para evitar que los norteamericanos se maten entre ellos. Ése es el punto bajo en el que nos encontramos en América ahora mismo. Estoy seguro de que muchos de nuestros nombres están en las listas de esas milicias de supremacistas blancos. Créame. Bajo un presidente que se negó a condenar a los supremacistas armados en Michigan muchos vamos a tener que acostumbrarnos a la idea de tener que enfrentar la cárcel o ser clausurados.