Lecciones históricas de otras epidemias

La enfermedad forma parte de la condición humana y el planeta vuelve a enfrentarse a un fenómeno que en absoluto es nuevo, por mucho que la globalización de las comunicaciones, el turismo o la externalización de la economía hayan alentado su avance. Una decena de historiadores y científicos reunidos alrededor de la Fundación de Ciencias de la Salud han repasado las similitudes de las mayores epidemias a las que ha hecho frente el planeta para poner de manifiesto no sólo su carácter recurrente, sino cómo medidas que consideramos innovadoras ya se les ocurrieron a otros hace siglos. Lecciones que, acumuladas las unas sobre las otras, han acelerado como nunca los plazos en la resolución de problemas.

«Olvidamos que la sífilis tardó siglos en curarse, mientras que el VIH es ya una enfermedad crónica, lo que permite vivirla con normalidad», de la misma forma que las vacunas que antes se tardaban una década en gestar ahora con el Covid podría estar en circulación en poco más de un año, explica la vicepresidenta de la Fundación, Cristina Henríquez de Luna.

Peste

Listas de fallecidos, quema de bienes y revoque de paredes

Confinamientos como el que ciudades como Madrid, León, Palencia o Écija ya los vivió la capital de España en el siglo XVII, primero tras la llegada a Málaga de un barco con enfermos de peste y, ocho años más tarde, tras un brote declarado en Murcia. Aparte de los remedios espirituales para aplacar la cólera de Dios, el catedrático de Historia del Derecho Feliciano Barrios, rescata la promulgación de las primeras Cédulas Reales con reglas para evitar los contagios, «que ya disponían una red de ‘visitadores’ para evaluar la gravedad del paciente, exigían listados de enfermos y fallecidos, quemar los efectos del finado para evitar la propagación, el revoque de paredes, el picado de suelos. Y ojito con vender los bienes en almonedas, «las multas no se hacían esperar».

Era sólo el principio, porque en 1854 una Real Orden de 25 agosto señalaba la necesidad de crear hospitales provisionales donde recoger sólo a los contagiados (un antecedente del actual Ifema), una Policía sanitaria para extremar los controles, inspectores para hacer seguimiento de la situación de los enfermos, constituir comisiones de estadísticas -«a fin de que los datos fueran ciertos y unánimes», apostilla Barrios-, publicar instrucciones higiénicas y establecer medidas preventivas con carácter permanente, como asegurar una casa de socorro por parroquia y almacenes de hielo.

«Muchos paralelismos con la situación actual», recuerda Carmen Iglesias, directora de la Real Academia de la Historia, que destaca también «la extensión cada vez mayor que han experimentado las epidemias -su globalización- y los choques que han generado entre autoridades. «Les suena, ¿no?».

Cólera

El miedo causa algaradas en la calle y enfrenta a los partidos

En este contexto, el también historiador Javier Puerto recuerda lo ocurrido durante la epidemia de cólera desatada en Madrid en 1885, la última que ha sufrido la ciudad que por aquel entonces tenía medio millón de habitantes y registró 1.375 bajas. «Mientras el farmacéutico Fausto Galagarza luchaba por mejorar la calidad de las aguas y extender la desinfección, el Congreso era escenario de una guerra sin cuartel entre los partidarios de Cánovas y los de Sagasta, que lo utilizaron como arma política hasta desatar incluso una crisis ministerial».

La sangre llegó al río cuando se decretó el cierre de comercios y estalló el conocido como ‘Motín de las Banderas Negras’ -«No hay cólera, lo que hay es hambre», gritaba la muchedumbre»- y dos jóvenes murieron por disparos de la Guardia Civil. «Hasta el Ejército salió a la calle y Cánovas, ansioso por quitarse de encima esa patata caliente que era la gestión de la crisis, amenazó con dimitir», ilustra Javier Puerto. En medio de aquel guirigay, Alfonso XII, a quien el Gobierno había prohibido salir, se plantó en Aranjuez el 2 de julio y visitó a los soldados enfermos, lo que desató un recibimiento apoteósico en la estación. «El rey, de quien se ignoraba aún si se había contagiado o no, abrazó a su mujer y sólo después fue con los sanitarios a que lo fumigasen». De poco le sirvió aquel gesto. Moriría antes de cinco meses y no de cólera. si no de tuberculosis.

Viruela

El precedente de las armas bacteriológicas

Mucho antes de que Edward Jenner descubriera la vacuna de la viruela -inoculando la del ganado que provocaba infecciones leves, pero no contagiaba-, el virus asolaba el planeta. En el siglo XVI cruzó el Atlántico y esquilmó a las poblaciones de Centroamérica y el antiguo imperio inca (se calcula que murieron 8 millones de indígenas). «El papel político que jugó fue enorme», explica Josep Lluis Barona, catedrático de la Universidad de Valencia. Como si de un arma bacteriológica se tratase, «los rusos se sirvieron del virus para conquistar Siberia, mientras los holandeses hacían otro tanto en Sudáfrica y en Australia la población aborigen se reducía a la mitad».

Pero la sombra de la viruela era alargada. «En la segunda mitad del siglo XVIII, Francia o Reino Unido perdieron hasta el 15% de su población, con el consiguiente impacto económico y social», haciendo despegar prácticas poco académicas como la variolización (inserción en personas sanas de costras de viruela bajo la piel buscando pasar una forma leve de la enfermedad), a menudo en manos de curanderos y sanadores.

Con la vacuna ya en circulación, España tuvo la oportunidad de enmendar el descalabro ocasionado tiempo atrás en América, cuando el médico Francisco Javier Balmis convenció al rey Carlos IV de sufragar una expedición que duró tres años y que extendió la vacuna desde el Caribe y Chile hasta Filipinas o Macao. 170 años antes de que se erradicase la enfermedad. Hoy, el virus de la viruela se ha convertido en el prisionero más vigilado: está confinado en laboratorios y desde 1980 se almacenan dosis para hacer frente a 200 millones de contagios ante el improbable caso de que se reproduzca.

De la sífilis al VIH

Cuando el amor es contagioso

Las enfermedades tienen una curiosa forma de burlarse de los seres humanos. En Europa no había constancia de la sífilis hasta el descubrimiento de América y fue de hecho a la vuelta del primer viaje de Colón, tras parar en República Dominicana, donde uno de los marineros empezó a mostrar síntomas de esta auténtica plaga causada por el treponema pallidum, que se adquiere por el coito, es fácilmente transmisible y tiene un largo periodo de latencia. Tres años tardó en extenderse por el Viejo Mundo.

Patricia Muñoz, catedrática de Microbiología Clínica de la Complutense describe la situación de ésta y otras enfermedades de transmisión sexual. «Es algo absolutamente vigente, ya que se calcula que un millón de personas la adquieren al día por hongos, bacterias, virus o parásitos. Si algo demuestra esta tendencia al alza es que la gente le ha perdido el miedo».

Su ‘desembarco’ desató una ola de pavor en Europa: pelucas para ocultar la calvicie, lunares para esconder la pústulas, por no hablar de los remedios empleados para combatirla, muchos de ellos enormemente tóxicos. Y de nuevo la hipocresía. Como estaba vinculada al avance de la prostitución, se culpó de ella a las mujeres. Hace siglo y medio, en Inglaterra las leyes contemplaban encerrarlas más de un año si eran sospechosas de portar la enfermedad.

César Borgia, el propio Colón, Tolstoi, Nietzsche, Schumman, Karen Blixen… la lista de infectados es casi infinita. El impacto social generado no ha dejado de crecer: grave inmunodeficiencia en el caso del sida, cáncer de cuello uterino en el del virus del papiloma humano, demencia y enfermedades cardiovasculares en la sífilis, infertilidad…

Malaria

Los imperios coloniales y la industria farmacéutica

Quizá sea la malaria, asociada a áreas pantanosas y tropicales, la que mejor ilustra el origen de la carrera farmacéutica por atajar el mal… y llevarse un buen pellizco en el camino. Aquí la solución llegó de América: «la quina fue empleada por primera vez en la Botica Jesuítica de Lima y esta orden ejerció un monopolio de facto durante siglos, lo que dificultó su presencia en los países protestantes», explica Antonio González, catedrático de Historia de la Farmacia. Así fue al menos hasta el descubrimiento de la quinina, un alcaloide que llevó a imperios coloniales como Francia y Reino Unido -pero también Estados Unidos- a extender las plantaciones de cinchona desde Java hasta Bolivia.

Desde que se conoció su relación con el mosquito anopheles, la malaria o paludismo ha estado en el punto de mira de la sanidad mundial y para combatirla se ha recurrido incluso a rociar con DDT las viviendas, una solución descartada ahora por tóxica. La prohibición de este insecticida, el cambio climático o los movimientos de la población han seguido dando alas a este mal, que se resiste a una vacuna. «Un mundo libre de malaria parece posible, pero aún muy lejano», admite González.

La ‘gripe española’

La comunidad científica ensaya el trabajo en equipo

El esfuerzo de la comunidad científica internacional por poner freno a los estragos del coronavirus tiene su antecedente en la última gran pandemia, la llamada ‘gripe española’, que afectó a una quinta parte de la población mundial y se llevó por delante a 50 millones de personas. Un desastre como no había vivo antes la Humanidad: se calcula que en apenas 24 semanas -la epidemia tuvo tres olas- perdieron la vida más personas que a consecuencia de la peste negra en toda la Edad Media. «Los profesionales sanitarios se unieron para hacer autopsias e identificar al agente causal, el H1N1, estrechamente ligado a otro virus, en este caso aviar y adaptado para replicarse en el ser humano», relata José María Eiros, director del Centro Nacional de la Gripe en Valladolid.

No hay que ir muy lejos para comprobar este afán por unir voluntades. Sólo en España existieron varias escuelas que trabajaron en vacunología. El grupo de Chicote en Madrid, el de Peset (condenado a muerte por Franco en 1941), Colvée o Rincón en Valencia, o el de Moragas en Barcelona probaron hasta siete microorganismos, desde el neumococo hasta el meningo.

«También cobraron protagonismo las medidas de desinfección, practicadas a una escala nunca vista antes -desde viajeros, equipajes y mercancías hasta teatros cafés, iglesias; lo mismo en el Congreso y el Senado que en calles, aceras y alcantarillas»-, un escenario que tiene fiel reflejo en lo que vivimos desde marzo. Eiros es de los que cree que, aunque el pasado no se repita, está ahí para aportar lecciones. «Episodios como estos tienen que servir para crear una cultura de vacunación antigripal. No puede ser que con cada campaña -entre la semana 40 del año y la 20 del siguiente- sólo se administre un tercio de las dosis disponibles, como ocurre en Castilla-León, y tampoco que la gente deje pasar el primer mes, que es cuando son verdaderamente efectivas».