«No hay estructuras para resolver nuestros problemas sociales»

«La pandemia ha hecho más visible la profundidad de la desigualdad, mucha gente ha descubierto quizás los niveles de pobreza que existen, en Reino Unido no hemos encontrado una manera de enfocar la asistencia social, el nivel de desempleo en España es de larga duración… no son problemas nuevos, pero ninguna estructura existente es capaz de resolverlos», afirma Hilary Cottam, autora de ‘Radical Help’ (Ayuda Radical).

Está convencida de que «los Gobiernos no pueden permitirse» el coste ni el riesgo de «una cultura del desperdicio, en primer lugar de personas y también de una economía derrochadora y bloqueada». Cottam cree que los efectos de la pandemia, la estasis de las economías antes de la covid-19 o la ecología exigen revisar fundamentalmente el estado de bienestar creado en la segunda mitad del siglo XX.

Sus argumentos coinciden con la extensión en el lenguaje de la política de la idea de reconstrucción. ‘Rebuild’ debe ser una de las palabras más frecuentes en el diccionario de Boris Johnson. El presupuesto de la UE para la recuperación económica se ha bautizado popularmente como los fondos de reconstrucción.

«No sabemos si estamos en un momento como 1945, en el que vamos a diseñar un nuevo sistema social radicalmente diferente o, como en la década de los treinta, los problemas no se resuelven y llega la revolución», dice Cottam. «Hay días de la semana en los que me siento optimista y otros días no».

El ‘informe Beveridge’, presentado por un alto funcionario británico en el Parlamento de Londres en 1942, promovió la expansión del Estado para paliar cinco males: necesidad, ignorancia, enfermedad, miseria y desempleo. Fue la semilla en Reino Unido de la educación y la sanidad públicas, de subsidios al desempleo y de asistencia social, creados a partir de 1945.

El impacto del informe fue inmediato. Se tradujo a 22 idiomas. El diario ‘ABC’ daba cuenta en marzo de 1946 de la conferencia de sir William Beveridge en la sala, «llena como nunca», del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Ministros y altos cargos ovacionaron al ponente. El plan quizás avalaba su ideal falangista, el de un estado corporativo superior al ‘liberalismo manchesteriano’ y al socialismo.

Reconstrucción

Ese sistema fue parte esencial de la reconstrucción de las sociedades de Europa occidental tras la guerra. Los liberales de la escuela austríaca, partidarios de un Estado restringido, le achacaron la decadencia británica. Beveridge se alarmó porque había provocado pasividad en los beneficiados. Demócrata-cristianos y socialdemócratas lo administraron en una larga era de prosperidad.

El sistema absorbe ahora buena parte del gasto público. Fue, según Cottam, diseñado para la sociedad industrial y ha generado sistemas industriales en la sanidad, la educación o la asistencia social que están ahora desbordados o cumplen sus funciones resignados a la frustración. «La única reforma ha sido la privatización para reducir costes, pero manteniendo los mismos modelos fundamentales», afirma.

Hilary Cottam, que pasó parte de su infancia en Bizkaia y en Madrid, trabajó para oenegés o el Banco Mundial en Latinoamérica y África, es ahora profesora honoraria del Instituto para la Innovación y el Propósito Público en University College London. Ha sido galardonada como diseñadora de espacios sociales. Su libro cuenta su experiencia en su empresa social, Participle.

Narra en él cinco experiencias piloto en diferentes puntos de Reino Unido. En Vida Familiar, se inserta en una familia rota y en el laberíntico sistema de asistencia y sanción, desde la Policía a las escuelas, que repiten una y otra vez las mismas rutinas sin lograr que la madre y sus hijos salgan de una espiral que los atrapa en una vida horrorosa.

En Creciendo, el equipo promueve una asociación informal entre jóvenes de un barrio desamparado, en el que los servicios para la juventud han sido desmantelados por recortes presupuestarios. En Buen Trabajo, se implica en la cadena de frustraciones que llevan a los participantes a permanecer en un largo desempleo del que no parece haber salida.

En Buena Salud, restauran el acento en la vida sana que movió a médicos y enfermeros pioneros de los servicios locales cooperativos, que fueron absorbidos por el sistema estatal en el momento de su fundación. Y, en Envejecer Bien, coordinan aficiones y necesidades de jubilados para que la mutualidad cure su mayor mal, la soledad.

La conclusión de Cottam es que es necesario un «cambio de mentalidad». Los sistemas de asistencia «se centran en la gestión y el control», cuando «las conexiones humanas son las que determinan los resultados sociales, emocionales o económicos de nuestras vidas». Sus experimentos, unos exitosos, otros fallidos, intentan fortalecer las capacidades de los individuos mediante el fomento de relaciones.

El crucial papel de la tecnología para la reforma de esta era

«Los sistemas existentes pretenden mejorar la economía en la que viven los humanos», señala Hilary Cottam. «Los sistemas 5.0 ven el propósito de la economía como la mejora de la riqueza de la vida». Sería un «Estado de Bienestar 5.0» porque, como ya comprobó en sus experiencias piloto, la tecnología desempeña un papel fundamental.

Esa designación se debe también a su colaboración con la economista venezolana Carlota Pérez, que ha investigado las cinco revoluciones tecnológicas desde el siglo XVIII y su efecto en las finanzas, en formas del gobierno y de la sociedad. Pérez ve en la estructura de redes descentralizadas y flexibles de la era de la informática y de las telecomunicaciones una nueva conexión entre lo global y lo local.

Cottam ha centrado su trabajo reciente en tecnologías que favorezcan la transición. Y el caso de Wigan le confirma que es en lo local donde se articulan «nuevas maneras de vivir juntos». El Ayuntamiento de esa ciudad, con unos cien mil residentes y próxima a Mánchester, ha hecho frente a un enorme recorte presupuestario transformando sus servicios mediante la digitalización de la comunicación entre vecinos y servicios municipales, la devolución de funciones, locales y activos a asociaciones vecinales y el fomento de una conciencia colectiva.

El ‘Pacto de Wigan’ es un contrato informal en el que la administración se compromete a no gastar dinero en balde, a «escuchar, ser abiertos, honestos», a promover la economía de la ciudad,… Y los vecinos a llevar una vida sana, a ayudar en la protección de niños y personas vulnerables. Está teniendo un gran éxito.

La política nacional parece obstaculizar las decisiones con consecuencias hondas. Cottam afirma que la gran reforma «solo puede darse con un consenso social». Está convencida de que el cambio llegará. Llegará también por el impulso de los jóvenes. Un primer paso, según ella, sería que los gobiernos «no inviertan en los viejos sistemas, sino en los nuevos».