El perfil de la manada

La agresión es «degradante, denigrante, ultrajante». La víctima «no tiene ningún control sobre sí misma» y «no es capaz de moverse o erguir siquiera la cabeza». Sólo alcanza a decir «no» en varias ocasiones. «Le agreden sexualmente mientras hablan y se escucha incluso alguna risa». Ella «bebe un chupito que los sospechosos le dan, dirigida por ellos en todo momento». No hay duda de la «absoluta falta de control de la víctima sobre su persona».

Son palabras extraídas de un auto de la jueza de la Vila Joiosa que investiga la agresión en manada de cuatro jóvenes en Callosa d’En Sarrià. Ocurrió el día de Año Nuevo de 2019. La víctima tenía 19 años. Nada cambia. La historia se repite ahora con parámetros muy parecidos en las tres violaciones grupales que se han producido en la Comunitat en dos semanas en l’Olleria: una víctima de 14 años y cuatro jóvenes sospechosos ya en prisión provisional. En Massamagrell: una joven de 16 años, dos menores como presuntos autores y dos adultos como instigadores y el ocurrido el pasado sábado en Gandia: otra chica de 16 años, con tres investigados, uno de ellos también menor.

Cada agresión sexual grupal tiene sus particularidades, pero expertos consultados por LAS PROVINCIAS aprecian en las manadas un perfil con estos trazos: jóvenes de entre 16 y 30 años con lazos de amistad que actúan en fiestas, con drogas de por medio, una víctima conocida, consumidores de pornografía con tendencia a grabarse. Son machistas, gregarios y deshumanizados que conciben a la mujer como objeto de su disfrute. Y todo regado con falta de empatía, nulo temor al riesgo penal y una normalización de la violencia sexual.

Gregarismo, debilidad moral y educativa o falta de personalidad y empatía son otros rasgos de los violadores en grupo

Vicente Garrido, criminólogo, psicólogo y catedrático de la Universitat de València aprecia estos rasgos en los violadores grupales. «Confluye lo que se denomina difusión de la responsabilidad», un gregarismo que empuja al participante «a pensar erróneamente que si lo reprobable se comete entre varios su responsabilidad se diluye o es menor».

Influye también la llamada «presión de grupo» y del líder o agresor inicial al cual los otros siguen «para no defraudarle». El grupo acaba acatando la conducta del ‘jefe’ y «ejerce así presión sobre todos sus miembros». Los posibles resquicios morales que podrían impedir una agresión individual se esfuman en las manadas, lo que denota una evidente falta de personalidad y de madurez entre todos sus componentes.

La fiebre por grabar

Este factor es muy claro en el caso de Callosa d’En Sarrià. Uno de los sospechosos en la investigación acumula denuncias de otras jóvenes por agresiones anteriores a la que protagonizó supuestamente en grupo, lo que demuestra su papel preponderante.

Otro elemento concurrente es la fiesta. Según Garrido, «la conciben como el entorno más favorable porque van predispuestos» con su conducta «y confluye el alcohol y las drogas» por los que la víctima puede resultar más vulnerable.

¿Por qué suelen grabar las manadas su brutalidad con el móvil? Garrido está convencido de que «amplifica su sensación de dominio y poder» y «les sirve para fardar y potenciar su imagen frente a los amigos». Ellos, ahonda el profesor, «confían en que los demás les van a aclamar en vez de reprobar». Y «cuando la manada entra en ‘modo agresión’ desaparece cualquier temor a las consecuencias penales».

Beatriz De Mergelina es presidenta del Centro de Ayuda a Víctimas de Agresiones Sexuales de la Comunitat (CAVAS). Para ella existe un factor clave: «Lo que algunos de estos agresores no se atreverían a hacer en solitario lo hacen cuando actúan en manada. Se animan unos a otros». Según define, «son machistas que conciben a la mujer únicamente como objeto sexual, sin ver más allá». Una deshumanización plena y desoladora.

La experta coincide en señalar las fiestas como el caldo de cultivo de las agresiones grupales, «ya sean populares o privadas». En Valencia, describe, «hemos conocido casos en Fallas, en una discoteca, en fiestas universitarias…». CAVAS ha constatado la sumisión química activa con drogas en víctimas asistidas. «La echan en la bebida para anular su voluntad». Sucedió en una despedida de solteros en Valencia. «Se la llevaron entre varios y abusaron de ella», lamenta.

Pero se refiere también a la sumisión química «oportunista, cuando la víctima va bebida o drogada y la manada se aprovecha». Incluso ambas posibilidades «confluyen a veces dando lugar a una sumisión química mixta». Las sustancias detectadas en los casos conocidos por el centro van desde el GHB, la escopolamina o ‘burundanga’ y benzodiacepinas (fármacos sedantes).

Chelo Álvarez, psicóloga y presidenta de la asociación Alanna que auxilia a víctimas de violencia de género, incide en el poso de machismo que subyace tras las manadas. Cree que la industria pornográfica o el mundo de la prostitución han ayudado a engendrarlas.

Casi 7 de cada 10 adolescentes valencianos consume pornografía, a la que acceden por primera vez a los 12 años

Un «vuelco» educativo

«Nuestra juventud copia modelos patriarcales que perpetúan el sometimiento de la mujer. No hemos conseguido un modelo que controle y sancione esa industria que mueve millones en todo el mundo. Y a la cabeza europea está nuestro país», destaca Álvarez.

Además, «la escuela necesita un buen vuelco». Hay que centrar la educación «en la adquisición de valores para nuestra población infantil y adolescente». La psicóloga critica «la base de la enseñanza reglada, centrada en la competitividad» en lugar de potenciar al máximo los valores éticos y humanos.

La responsable de Alanna lanza esta reflexión: «Estamos aterrorizadas de salir solas a la calle. Educamos a nuestras hijas en el miedo. No vayas sola, no te vistas así, ten cuidado… Así no debe ser. Nuestras hijas e hijos tienen que ser educados en la igualdad, en una sexualidad respetuosa y sana». Pero «la clase política», censura Álvarez, «no está terminando de asumir esta realidad y por eso las cosas no cambian».

Juan Molpeceres es letrado penalista y abogado del Ayuntamiento de Valencia responsable de la asesoría jurídica del equipo de medidas judiciales de menores. En primer lugar, recuerda la pena a la que se expone el autor de una violación grupal: «Si la víctima es adulta la pena de prisión oscila entre los 12 y los 15 años de cárcel. Si es menor, entre 13 años y medio y 15 años». ¿Cómo es posible que los autores no perciban, siquiera desde el egoísmo, las graves consecuencias a las que se exponen? Molpeceres coincide con Alanna. «Falta formación y educación sexual con garantías, tanto en el ámbito familiar como en el escolar. Es un tema que se obvia y necesita mucha intervención».

Para el jurista «el acceso fácil a la pornografía sin formación sexual distorsiona la percepción de la sexualidad de los jóvenes». Las manadas «asumen como adecuados y habituales patrones de dominio, de violencia sexual y de machismo». Los expertos han detectado también «una búsqueda de experiencias sexuales fuera de lo convencional».

Impulsos de «hostilidad»

Un estudio reciente de Save The Children reveló un aspecto preocupante: uno de cada 10 adolescentes de la Comunitat imita escenas que ha visto en la pornografía sin consultárselo a su pareja y sin su consentimiento. «El porno no puede ser el profesor de sexualidad de nuestros hijos e hijas», remarca Rodrigo Hernández, responsable de la institución en la Comunitat.

En las agresiones sexuales a menores la organización ha constatado el perfil del agresor circunstancial. Incurre en la conducta por «impulsos con los que canalizar una hostilidad que no ha podido expulsar de otro modo y que, sumado al consumo de alcohol o drogas, puede eliminar cualquier inhibición interna».

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