Toque de queda al botellón

Viernes noche en la plaza de Honduras. Ambiente en la calle, en los bares ya recogen las terrazas y todo el mundo está en pie. La plaza se llena. Y empieza el baile, es el momento en el que los grupos se debaten qué hacer, mientras unos pagan la cuenta y otros aprovechan para cambiar su bebida de las copas del bar a vasos de plástico, procurando no derramar ni gota. No deja de llegar gente que se va colocando en grupos de amigos, que se acomodan y buscan un sitio en bancos o apoyados en los bordillos. Es entonces cuando aparecen los ‘lateros’. Clientela no les falta, les compran cervezas y la noche sigue pese a que los coches de la Policía Local no han dejado de patrullar por esas calles.

Última hora del estado de alarma y el toque de queda

No muy lejos, a dos calles de Honduras, en Serpis, las terrazas están abarrotadas. Los locales han apurado la hora del cierre pero ya empiezan a echar a la gente, casi obligándoles a levantarse de la silla. La misma coreografía, entre los coches y el parque que recorre la calle Serpis se van juntando los grupos de chavales que ya no llevan bolsas con la bebida porque recurren a la lata. Podría ser cualquier noche de viernes en Valencia con la única diferencia de que ahora se ven obligados a llevar mascarillas que les cubren la cara.

Pasa la una de la madrugada del sábado y la noche pinta bien, empieza a estar en su mejor momento por el barullo y por ese movimiento de luces que marca el punto álgido en cualquier fiesta. Las linternas les apuntan directamente a los ojos a quienes no llevan la mascarilla, a quienes fuman sin guardar la distancia… Se oye algún grito y la gente se dispersa entre el tumulto. Una agente para a dos chicos: «La documentación y los vasos de bebida déjenlos ahí». Ellos protestan mientras cada uno saca su cartera. Justo al lado, otro agente intercepta el paso de otros dos jóvenes, les dice que no pueden fumar sin mantener el metro y medio de distancia, les pide el DNI.

La Comunidad Valenciana pedirá el estado de alarma

«La cuestión es dispersarlos, esta es la única manera», dice el responsable de la unidad que trabaja como refuerzo en la zona. «Estamos peinando Blasco Ibañez, aquí están las zonas más calientes, en Honduras, el Cedro o calle Serpis, cuando actuamos aquí, se desplazan todos al otro lado y allí llegan luego otra unidad de refuerzos», explica mientras toman los datos de los chicos y las muestras de la bebida. Apuntando con la linterna al compañero que les pone la denuncia comenta que con el toque de queda «ya no sería cuestión de dispersar ni de coordinarnos, sino que directamente el que está ya estaría incumpliendo y aunque es más restrictivo, no deja de ser una herramienta que nos facilita el trabajo porque la gente joven sigue sin entender lo que pasa».

Otras dos agentes se enfrentan a un grupo. Ellos protestan: «esto es una dictadura, por llevar la mascarilla por debajo de la nariz nos están multando, es increíble no estamos haciendo nada». Las agentes le gritan a uno de ellos que habla en inglés porque «no le entiendo, que hable en español». A pocos metros, al otro lado en la misma plaza, la fiesta sigue y otra vez se agrupan los amigos, entre risas, bromas y algún baile.

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