«Unamuno no podría tener una calle con la ley de Zapatero»

«El día que decidí venir a Madrid fue el más importante de mi vida». Así empieza ‘Madrid’ (Destino), el libro con el que Andrés Trapiello (Manzaneda de Torío, León, 1953) homenajea a su ciudad de acogida. Mezcla la memoria urbana con la propia para celebrar la parte «luminosa» de la milenaria villa y centenaria capital con un texto «mestizo y apasionado». Una «declaración de amor» en cuya presentación abordó temas como la creciente «madridtirria» o la petición de retirada de la estatuas de los socialistas Largo Caballero e Indalecio Prieto reclamada por Vox.

«La identidad de Madrid es no tener identidad», dice Trapiello, que ve en esa ausencia identitaria la gran virtud de la ciudad en la que lleva 45 años. «Es un libro luminoso para una ciudad luminosa», asegura admitiendo que la lucha por la vida «es a veces ríspida y áspera» en una capital «siempre hospitalaria».

El adolescente Trapiello, que conocía Madrid por el Monopoly, llegó en tren, con 17 años y en la grisura tardofranquista. Dejó la casa familiar tras una bronca con su padre, un falangista que encontró varios números de ‘Mundo Obrero’ bajo el colchón del chaval. «Aquí pasé de niño de provincias al escritor maduro al que se le consultó para a cambiar los nombres de algunas calles», dice el autor de ‘Las armas y las letras’ aludiendo a su labor en el Comisionado para la Memoria Histórica del Ayuntamiento de Madrid.

«El pasado hay que removerlo, pero el límite es complicado. Aunque no es mejor dejarlo como estaba. Madrid sería insoportable si mantuviera el monumento de Franco a caballo», arguye. «Pero esto no es el Rastro, y aquí no hacemos lotes», dice Trapiello, partidario de mantener la efigie de Prieto y no la de Largo Caballero. «No he leído ni un argumento que destaque una sola virtud que haga merecedor a Largo Caballero de una estatua. No representa los principios democráticos de muchos: aunque fuera una víctima que no pudo volver a España tras la Guerra Civil, alguna responsabilidad política tendrá en el periodo más sangriento de nuestra historia», dice.

Juzga diferente el caso de Prieto. «Pese a promover el golpe de Estado en el 34, algo de lo que se arrepintió toda su vida, buscó sinceramente una reconciliación. Hay que hilar fino, y estamos haciendo cosas bastantes burdas», lamenta Trapiello, muy crítico con la Ley de Memoria Histórica de José Luis Rodríguez Zapatero «que es bastante mala». «Se puede infringir bastantes veces y aplicándola estrictamente, Unamuno, por ejemplo, no podría tener calles, estatuas o institutos a su nombre, porque se adhirió al golpe de Estado desde el primer minuto, aunque a los tres meses renegara», matiza.

Cree Trapiello que la ‘madrileñofobia’ «no es un invento de hoy». «Ortega ya hablaba de ‘madridtirria’, que es tan antigua como la propia capitalidad. Desde que Felipe II la elige como corte, la envidia ha sido una constante. Madrid es el centro financiero, económico, cultural, deportivo y gastronómico y genera una fobia injusta ridícula», insiste. Cree además que prima la ‘madrileñofilia’ que evidencian los visitantes que invadían sus calles antes de la pandemia y que volverán.

Mezcla

«La pandemia es otra pesadilla que también pasará. Madrid se ha sobrepuesto a pestes y motines, a dramas recientes como los atentados del 11-M o la Guerra Civil. Un exceso de memoria mata la vida, decía Nietzsche, y esta pesadilla será historia», vaticina. «Cada vez soy menos satírico y menos cáustico. Quizá por ser un optimista antropológico», se justifica.

Trapiello advierte que no es un «estudioso» y que su libro no es un tratado, un ensayo, un libro de historia o una biografía. «Está hecho como los antiguos boticarios hacían sus fórmulas magistrales en las que se decía MSA (mézclese según arte)». Ha tardado cinco años en ‘mezclar’ once siglos, de la Mayrit o Magerit árabe a la cosmopolita y estoica capital en que le cuesta hoy ver lo malo. «Madrid es una ciudad acogedora y sin racismo. Aquí no se llama charnegos ni maquetos a quienes vienen de otros lugares. Somos todos madrileños con independencia del origen», se felicita.

«Esto dice mucho de la ciudad de aluvión, mestiza, híbrida, viva y comprensiva con un carácter especial en la que dos tercios de sus habitantes han venido a buscarse la vida». Cree que «mezcla» es la palabra que mejor define «al Madrid que amó Galdós y que aborreció Baroja, a pesar de no marcharse nunca».

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