El espejismo del tercer partido

Cualquiera que se acerque a la política americana observa cómo la polarización ideológica no refleja la enorme diversidad del país. Hace treinta años, demócratas y republicanos eran dos coaliciones con mucho pluralismo interno. Ambas organizaciones permanecían unidas por el poder. Pero la diferencia entre los conservadores del sur, los representantes de minorías raciales y los progresistas de la Costa Este, en el caso de los demócratas, o la distancia entre partidarios acérrimos del libre mercado y defensores de la familia tradicional, en el bando republicano, eran enormes. Había suficiente cultura de diálogo y consenso para tejer acuerdos y también llegar a entenderse con el partido de enfrente.

Un antiguo congresista republicano me contaba que la política de Washington cambió a peor cuando bajaron drásticamente los precios de los vuelos en avión. Muchos legisladores se mudaron y empezaron a pasar solo tres o cuatro días en la capital, para regresar cada semana a su hogar, ahora en su Estado de origen. Dejaron de verse a diario, dentro y fuera del Capitolio, y de entender que sus adversarios políticos no eran sus enemigos y que sus hijos tenían los mismos retos.

La elección entre Joe Biden y Donald Trump refleja sobre todo las preferencias de los militantes, siempre más radicales -el milagro es que esta vez los demócratas no han conseguido escorarse hacia el extremo. ¿Podría en algún momento tener algo que decir un tercer partido? Si el 3 de noviembre repite victoria Trump (que hubiera sido un candidato independiente o de tercer partido sin problema) y además los demócratas capturan el Senado, se darán todos los elementos para una escisión republicana: los legisladores moderados que quedan podrían decidir su salida y fundar una formación de centro.

Sin embargo, lo más probable es que tratasen de influir desde sus escaños en la sucesión del presidente dentro de cuatro años. Existen no obstante decenas de partidos pequeños, poco conocidos y defensores las causas más diversas, incluido la independencia de Alaska y de California. Todos ellos sufren una la ley electoral que no se inspira en la proporcionalidad y blinda el bipartidismo.

José M. de Areilza es doctor en Derecho por la Universidad de Harvard, Secretario General de Aspen Institute España, miembro del Colegio de Abogados de Nueva York y profesor de ESADE.