Héctor Castiñeira: «Salvar vidas crea adicción»

«Soy del 82, como Naranjito», ironiza esta enfermera con toda la barba… Nacido en Lugo, Héctor Castiñeira, famoso en las redes como ‘Enfermera Saturada’, combatió la primera ola del coronavirus en la UCI del hospital madrileño Doce de Octubre envuelto en una bolsa de basura y con una mascarilla usada. Lo cuenta en en el libro ‘Nosotras, enfermeras’, un homenaje a su gremio. Su mujer también es enfermera. «Hay que pertenecer a esta profesión para entender nuestros turnos».

-¿Por qué estudió Enfermería?

-Desde pequeño me seducía pasar horas con el paciente y ser esa persona que acude cuando el enfermo llama al timbre.

-¿Y por qué se considera enfermera y no enfermero?

-Por una cuestión de mayorías. En España somos 300.000 enfermeros y casi el 90% son mujeres. Si algo aprendes desde primero de carrera es a que te llamen enfermera.

-Pero no «infecciosa».

-Ese fue un chiste sin gracia de Fernando Simón. Uno de tantos. Nos indignó más el ministro Illa con la falta de EPI. Por desgracia la palabra precariedad va pegada a nuestra profesión. A mis 37 años, mi vida laboral ocupa treinta folios y he firmado más de 500 contratos.

-¿Qué le pasa a este país?

-Que piensa muy a corto plazo. A los políticos solo les preocupa cómo solucionar el aquí y ahora y cómo les puede repercutir en votos.

-¿Qué ambiente se respira ahora en su UCI?

-Por fin tenemos equipos de protección, sabemos más sobre el virus y hay menos mortalidad. Pero el personal está quemado y desmotivado. Es como si al final de una maratón te hicieran correr otra. Sales de dejarte la piel en un turno de diez horas y lo primero que ves son noticias de gente detenida en una fiesta ilegal…

-¿Se lo explica?

-Es increíble que alguien se porte bien por miedo a que le pillen, no a contagiarse. Pero no se han visto imágenes duras y para algunos la pandemia se ha quedado en los aplausos de las ocho, los directos en Instagram y el pan hecho en casa.

-Usted en cambio se enfrentó al virus armado con una bolsa de basura y una mascarilla reutilizada.

-A veces pasaba frente a un espejo, me veía reflejado y pensaba: «Madre mía, y pensar que hay un paciente enfermo que se fía de una persona con un gorro de ducha en la cabeza, gafas de esquiar y metido dentro de una bolsa de basura».

-¿Había sitio para el humor en medio del drama?

-En muy pequeñas dosis, pero sí. Te ayudaba a seguir adelante. Recuerdo una compañera a la que le apodamos ‘la santa’ porque en su turno no se moría nadie. Parecía milagrosa.

-¿Qué ha aprendido?

-He aprendido sobre mis límites. Uno cree que será incapaz de hacer ciertas cosas hasta que llega algo así y te pone contra las cuerdas. Te hace trabajar por primera vez con miedo, pero te enfrentas y lo haces. Coges al miedo de la mano y le dices: ‘Tú te vienes conmigo’.

-¿Salvar vidas es una droga adictiva?

-Sí, crea adicción porque al final es un subidón enorme cada vez que consigues apagar un respirador y dar el alta a un paciente. Eso te reconcilia con el mundo.