Satélites, la carrera que satura el espacio

A bril de 2020, España. Mes y medio de confinamiento por la Covid-19. De repente las llamadas a las centralitas de emergencias y servicios de 112 se suceden. En la oscuridad de la noche, medio centenar de luces sobrevuelan el cielo a gran velocidad, en línea recta y manteniendo las distancias. Un país en estado de alarma se sobresalta. Las teorías conspiranoicas se suceden: ovnis, sistemas de vigilancia masivos… ¿La realidad? Unos pocos de los miles de satélites que orbitan alrededor de la tierra desde los años 50 del pasado siglo. En concreto, estos tienen un propietario: Elon Musk, fundador de Tesla y Starlink.

El techo de la Tierra está salpicado de estrellas que se mueven entre uno de los grandes vertederos que ha ido construyendo el ser humano desde hace 63 años. La Era espacial supuso el impulso de nuevas investigaciones, el desarrollo de nuevas tecnologías y la lucha encarnizada entre Estados Unidos y, por aquel entonces, la Unión Soviética. Ahora a esta lucha se han sumado otros actores: la Agencia Espacial Europea (ESA), India, Japón y la gigante China, e incluso España, que trató de poner en órbita su satélite Ingenio el pasado martes y por un fallo se le perdió por el espacio.

El 4 de octubre de 1957, la URSS lanzó al espacio el Sputnik I, el primer satélite artificial y que era capaz de dar la vuelta a la Tierra en 98 minutos. Con un peso de 80 kilos regresó a la Tierra el 4 de enero de 1958. Este es, conocido por todos, como el inicio de la Era espacial. Una fiebre por conquistar el espacio exterior que han llevado más allá de la atmósfera terrestre a 5.560 cohetes y han colocado cerca de 9.600 satélites en la órbita de la Tierra, según datos de la ESA.

«Necesitamos preservar el espacio y mantenerlo libre de riesgos», asegura a este periódico Holger Krag, jefe de la oficina del programa de seguridad espacial de la Agencia Espacial Europea.

El latido de la guerra espacial se plasma en el «bip, bip, bip» del Sputnik. Sonido que se podía escuchar con una frecuencia de 20 megahercios y que tuvo mucho eco en Estados Unidos. Cuatro meses después llegó la respuesta estadounidense. El Explorer 1, oficialmente 1958 Alpha 1, fue el primer satélite artificial puesto en órbita terrestre por Estados Unidos. Un hito que sólo sirvió para demostrar el poderío espacial norteamericano, ya que no registró ningún dato.

A medida que pasaban los meses, el cielo iba acogiendo satélites. A finales de 1958, Estados Unidos consiguió poner en órbita el primer satélite comunicacional, el SCORE. El sistema utilizaba cuatro antenas, que recorrían el cuerpo del misil en su longitud, dos para transmisión y dos para recepción. También llevaba un par de cintas magnetofónicas con una duración de cuatro minutos cada una. De los «bips» del Sputnik, la humanidad había saltado a la comunicación satelital en poco más de un año.

Durante doce días, lo que aguantaron las baterías, SCORE lanzó el discurso de Navidad de Eisenhower. «Habla el Presidente de los Estados Unidos. Mediante las maravillas de los avances científicos mi voz está llegando a vosotros desde un satélite que viaja por el espacio exterior. Mi mensaje es simple: a través de este medio único os hago llegar, a vosotros y a toda la humanidad, los deseos de América para que se haga la paz en la Tierra y la buena voluntad hacia todos los hombres».

La militarización de espacio

A medida que la batalla en el espacio exterior crecía, la Guerra Fría cada vez más temperatura cogía. Las tensiones entre los dos grandes bloques también tenían su reflejo más allá de la atmósfera terrestre.

Roces que se plasmaron en el Tratado del Espacio Exterior o Ultraterrestre de 1967 y que sigue vigente a día de hoy. Este acuerdo determina la desmilitarización del espacio exterior y establece que lo que hay más allá de Línea Karman (100 kms. de altitud, que es la mínima a la que se puede orbitar la Tierra) queda fuera de la soberanía de los 103 países que lo han firmado, aunque un total de 89 países no lo han ratificado.

Esto no ha impedido que en los últimos años, China y Estados Unidos libren una batalla por «controlar el espacio». Las tecnologías antisatélite son la nueva moda en la carrera espacial 2.0. En 2007, Pekín demostró al mundo su poderío en el sector aeroespacial militar al destruir en pleno vuelo un satélite meteorológico en desuso. De este modo se va acelerando una carrera en la que también están presentes Rusia, Israel y Japón.

Desde los primeros lanzamientos de satélites, los cálculos son precisos y sin margen de error. En la actualidad, hay un total de 5.848 satélites en el espacio, según datos de La Oficina de las Naciones Unidas para Asuntos del Espacio Ultraterrestre (UNOOSA). Más de la mitad, afirma la Agencia Espacial Europea, no funcionan.

A ellos hay que sumarles pequeños trozos de misiones fallidas, que complican aún más el movimiento de los futuros satélites. Por ello, el mundo más allá de la atmósfera se organiza en órbitas, que son las rutas que siguen estas máquinas para su correcto funcionamiento. Son las autopistas que toman los satélites para evitar chocar entre sí, aunque, a veces, hay «incidentes». Todos ellos están en órbita alrededor de la Tierra desde 100 kilómetros de altitud (órbita terrestre baja) hasta 35.000 kilómetros (órbita geoestacionaria).

Como sucede en la circulación terrestre, cada carretera (órbita en este caso) tiene un destino final. Cada una de ellas está reservada para un cometido concreto: comunicaciones (cobertura del teléfono celular y transferencia de datos), observación de la Tierra, navegación y posicionamiento (este es el sistema GPS que todos usamos), y el estudio del espacio y el planeta por parte de la ciencia. «Dependemos del espacio. La navegación, las previsiones meteorológicas, las telecomunicaciones desde el espacio son indispensables», explica Holger Krag.

A pesar de su inmensidad, la superpoblación del espacio es un hecho. Estados Unidos es el país que lidera la carrera satelital con 2.399 aeronaves, seguida de la Comunidad de Estados Independientes (CIS, en inglés), la antigua Unión Soviética, con 1.542, según el último parte informativo de la UNOOSA.

Basura espacial

Sin embargo, la gran preocupación de los expertos es la basura espacial. Las últimas cifras de la Agencia Espacial Europea apuntan a que fuera de la órbita terrestre giran 128 millones de objetos con menos de un centímetro de tamaño.

«Pequeños, pero matones», que diría el refranero español, ya que una prueba de laboratorio demostró el peligro de este tipo de objetos orbitando en libertad por el espacio exterior. Con tan solo 15 gramos de peso, su impacto en otro objeto podría alcanzar una velocidad de 15 kilómetros por segundo.

De manera desglosada, de los más de 20.000 cuerpos espaciales que rondan el planeta, Estados Unidos ya lidera el ranking con más de 7.296 piezas. A poca distancia se encuentra la CIS con 6.899 y China, con una corta pero intensa carrera, acumula 4.132 objetos en el espacio.

En España, varios emprendedores e investigadores se han puesto a trabajar para reducir la cantidad de basura alrededor de la Tierra. La empresa ‘Emxys’, una spin-off nacida en el Parque Científico de la Universidad Miguel Hernández de Elche (Alicante), ha desarrollado una innovadora tecnología que facilita la eliminación de satélites artificiales tras su vida útil. Este proyecto plantea un sistema que se incluye dentro del satélite que facilita su descenso del satélite hacia la ionosfera, una capa que, gracias a su densidad, es capaz de destruir el artilugio.

A principios de la década había en torno a unos 13.000 objetos de unos 10 centímetros de diámetro. Ahora, según datos de la ESA existen alrededor de 900.000 objetos que tienen un tamaño de entre 1 centímetro y 10 centímetros.

Copernicus, el gran hermano europeo

En 1998, Peter Weir dirigió El Show de Truman, una película donde su protagonista está frente a las cámaras aún antes de nacer. La vida de Truman es filmada a través de miles de cámaras ocultas, las 24 horas del día y es transmitida en vivo a todo el mundo.

Ese mismo año, Europa comenzó a dar forma a lo que más tarde se conocería, en 2012 como Copernicus, un proyecto dotado de 4.300 millones de presupuesto , incluidos 3.150 para la Agencia Espacial Europea para cubrir las operaciones de la red de satélites y la construcción de los restantes satélites hasta este ejercicio.

Este programa de observación de la Tierra se ha convertido en uno de los pilares de la Unión Europea. Una misión compuesta por una treintena de satélites, entre los que hay seis Sentinel, capaces de vigilar el crecimiento de las cosechas, de las ciudades, observar la polución o evaluar catástrofes y desastres.

Gracias a las imágenes radar de Sentinel-1 la Unión Europea puede observar la superficie del planeta con nubes, sin nubes o de día o de noche. A estas fotografías se suman las imágenes del Sentinel-2. Unas tomas ópticas de alta resolución para monitorizar la superficie de la Tierra. Por su parte, Sentinel-3 está preparado para llevar a cabos estudios del planeta y de sus océanos. Por último, Sentinel-4 y Sentinel-5 miden la composición de la atmósfera desde la órbita geoestacionaria y una órbita polar, respectivamente.

Con este ejército de satélites, Copernicus puede monitorizar los efectos del cambio climático y ayudar en tareas de seguridad.